Peter Jackson da carpetazo a su segunda trilogía de la
Tierra Media, entre la más absoluta falta de expectación. Será por la tibia
aceptación de las películas anteriores, por el cansancio de una nueva trilogía,
o porque la Desolación de Smaug no dejó muy buen poso, pero es llegar la
Batalla de los Cinco Ejércitos… y parece que nadie la está esperando como debe.
El que otrora movió cimientos a
principios de años, ganando Oscars con una tercera parte, ahora parece que pasa
por la cartelera sin pena ni gloria. La
verdad, es que es algo que podía llegar a pasar por la manera que han tenido
desde el principio de trasladar el cuento El Hobbit a la gran pantalla. Como
hemos dicho ya en las críticas anteriores bajo ningún sentido podemos defender
la manera en que se ha llevado a la gran pantalla el cuento de Tolkien. Hacer
nueve horas de películas de un libro de apenas 200 páginas no se sostiene por
ningún lado. Y ha pasado lo que ha pasado: que la gente ha terminado harto de
esta Tierra Media.
Todo esto es extrínseco a la calidad de la cinta, pero sirve
para ponernos en colación sobre las expectativas que teníamos de la misma.
Sabedores que el grueso de la obra era el enfrentamiento con Smaug, ya
desarrollado en la anterior película, aunque cortado abruptamente, y que
Jackson habrá aprovechado un apéndice apenas para hacer la batalla más épica
jamás contada, pues esta película parecía presentarse como un pegote
innecesario para que el director pudiese desatar toda su megalomanía en tres
horas de películas. En cambio, no sé si será porque esperábamos poco de ella, pero
es posible que sea la película más entretenida de esta trilogía.
La batalla de los Cinco Ejércitos empieza teniendo que
lidiar con el final de la desolación de Smaug. El dragón, en una controvertida
decisión, nos dejó dirigiéndose a la ciudad del Lago para exterminarla. Así que asi empieza la película, con Smaug
destrozando como solo él puede. Las escenas son tan espectaculares y bien
hechas como suelen y Smaug demuestra todo su poderío. Pero va a durar tan poco que será chocante. A
ver, que me alegro que el tal Vardo, que ya nos habían dado la paliza con él y
su familia en la peli anterior, se va a cargar a Smaug en apenas cinco minutos
(y cuanto menos hablemos del arco-niño, pues mejor). Y me parece bien que no se
esté cuarenta minutos exhibiendo a su dragón, lo que pasa que para este
viaje pues se podían haber ahorrado el
cliffhanger el año pasado. De hecho el título (y la película) de la batalla de
los cinco ejércitos aparece después de la derrota de Smaug.
Aquí acabamos en Erebor de nuevo, y nos damos cuenta del
cambio que han sufrido los enanos en general y Thorin en particular. El oro de
la ciudad enana los ha transformado en
seres ávaros y codiciosos. Evidentemente aquí hay una diferencia
sustancial con el libro, que Peter Jackson ya tenía que haber previsto en las
anteriores películas. Para Tolkien los enanos siempre han sido huraños y
ansiosos, pero Jackson los quiso convertir en héroes. De ahí la peor escena de
la trilogía, en que los enanos entran en la fragua para salvar a su
“saqueador”, cosa que en el libro no pasaría nunca. Por eso queda incongruente
la personalidad de Thorin, que se ha arriesgado por un amigo, y ahora está
dispuesto a matarlos a todos por su oro.
Jackson lo resuelve como si fuese una adicción, Thorin es un “yonki del
oro” y ha perdido el norte por eso. Bueno, pocas soluciones le quedaban a
Jackson sin haber hecho el trabajo previo de los enanos. No es la idea más
sutil del mundo, pero sutileza no aparece en el diccionario de Peter Jackson.
Asisitimos pues a un incremento de las posiciones hostiles
donde solo Vardo parece actuar con sentido común, aunque termina siendo un poco
cargante su “nobleza plebeya” (y termina siendo buena noticia su progresiva
desaparición hacia el clímax) Porque Thorin y los enanos pueden tener su excusa
para autoencerrarse en Erebor, pero lo de Tranduil es difícil cogerlo ni
siquiera con pinzas. Que llega para repartirse el botín, cuando ellos mismos le
dieron la espalda en su día. Vaya personajillo se sacaron de la manga con el
padre de Legolas, que no creo que haya dado una aparición buena en toda la
saga. El pegote de meter a Legolas y Tauriel aquí demuestras su artificialidad
cuando te los tienes que quitar de en medio y mandarlos en misión secreta, a
hacer algo en definitiva. Es durante esta tensión previa al enfrentamiento
cuando Bilbo tiene sus mejores momentos, con el
Hobbit escondiendo la piedra del
arca a Thorin, y finalmente traicionándole para ayudar a sus amigos. Freeman como
viene siendo habitual en la saga se
exhibe mostrando cada una de las
expresiones necesarias en cada momento.
Durante esta calma chicha Jackson aprovecha para dar
carpetazo al asunto de la reaparición de Saurón. También de manera sorprendente
no se entretiene mucho, cosa de la que me alegro, pues es una trama que no me
gustaba y que me daba mucho miedo que se apoderase en importancia de toda la
cinta. Pero apenas le dedican una escena con todo el concilio partiendo la pana
y es gratificante ver a los poderosos Saruman, Elrond o Galadriel desatados
contra el enemigo. El efecto Galadriel es un poco controvertido, y lo acerca
más a Bruja que a Elfa, pero es efectivo y concuerda con el señor de los Anillos
Con la compañía de los enanos encerrados en Erebor y cada
vez creyendo menos en su rey, empiezan a llegar los ejércitos de los que habla
la cinta, y la verdad es que es un espectáculo de primer orden. Ver a los elfos
desfilar es un disfrute, pero los enanos no les van a la zaga. Una idea
peregrina es la de los orcos llegando a través de gusanos de tierra, pero
bueno. Todo está dispuesto para la más
grande batalla jamás contada. Solo falta la presencia de los enanos
protagonistas, que se resolverá con una contundente conversación (“entre tanto
oro vale menos que nada”) y una escena onírica que tiene el suficiente peso
para que traguemos con el drástico cambio de Thorin de nuevo. Allá va al rey de
los enanos al rescate.
Hasta aquí el guión de la película, porque la hora que queda
carece de él. Es simplemente disfrutar del buen hacer de la épica de Peter
Jackson, que es garantía a día de hoy de uno de los espectáculos más intensos y
físicos que te puede aportar el cine. Y nos deja imágenes grabadas en la
retina, como los enanos plantando los escudos al suelo sin retroceder un paso,
o las impresionantes vistas desde el puesto de mando de Azog, desde donde
dirige a todo su ejército. Pero además esta vez Peter Jackson ha sido
extrañamente contenido, lo que yo considero un grandísimo acierto. Aunque tenía
en su mano plasmar el enfrentamiento a campo abierto de miles de atacantes (y
viendo lo que le ha cantado el CGI en no pocas ocasiones no sería la mejor
opción), se las ingenia para darnos un punto de vista más mundano y son las
escaramuzas y pequeñas hordas las que más llaman la atención. Y ahí sí que es
insuperable. La entrada de los orcos en la ciudad del Valle recuerda los
enfrentamientos de antaño en Minas Thirit o en el abismo de Helm, con los
protagonistas luchando hasta el último aliento en situaciones desesperadas. Eso
sí, cada minuto, cada segundo dedicado a Alfrid el adulador es un segundo desperdiciado
del metraje y de la vida en general.
Tanto es así que Jackson se las ingenia para que el clímax
final sea alejado de la batalla principal, sino que nos traslada a la atalaya
de Azog para tener un combate singular, lo que es buena noticia. Para mí Peter
Jackson es tan desmedido que cuando es capaz de alzar cualquier nivel bajo
mientras que cuando se mueve en lo más alto por regla general se pasa de
frenada. Por eso nos impacta más los combates individuales que las breves interrupciones de elfos y
enanos masacrando orcos.
El gran pero, como en toda la película, que tendrá que
lidiar con los lastres que arrastra desde la Desolación de Smaug. La relación
entre Tauriel y Khili que se cimentó el
año pasado sigue vigente y les van a dar importancia en el tramo final. En
honor de la verdad a mí el personaje
inventado no me molesta demasiado, e incluso me gusta la mujer guerrera elfa.
Pero la historia romántica es absolutamente inconcebible, ya no por ser de razas
enemistadas, sobre todo porque no han tenido momento real para sentir un amor
total y trágico como se expone. Khili y su hermano van a tener presencia
también en la batalla final, pero tampoco se puede considerar mala idea. La
muerte de los hermanos es consecuente con lo que pasa en el libro, y la escena
sí contiene esa sensación de tragedia que necesita la película en este tramo
para que no parezca una lucha sin peligrosidad.
El otro problema arrastado es todavía más peliagudo y es la
fijación de Peter Jackson por el bueno de Legolas. Tanto le gusta el Elfo del
Señor de los Anillos que en cuanto ha
podido lo ha colado en su nueva trilogía. Y es verdad que tiene su lógica que
por historia Legolas estuviese en Erebor en esta época. Pero de ahí a
convertirlo en protagónico va un abismo. Y eso pasa en Los Cinco Ejércitos.
Legolas, que tendría que ser el enésimo elfo intercambiable de la batalla va a
verse involucrado en todo el clímax. Y podría estar junto a Tauriel, pero es
que nos vamos a tener que comer a Legolas en montaje paralelo con el más esperado
enfrentamiento de la saga, el de Thorin contra Azog. Pues no. Peter Jackson le
da la misma importancia a Orlando Bloom, y le busca un subordinado que no le
interesa a nadie. Sin paños calientes:
depende de tu tolerancia a la “legoladas” para que no te saquen por completo de
la película. El ojito derecho de Peter Jackson va a tener sus múltiples
momentos de lucimiento, algunos buenos, otros aberrantes. Destacan el vuelo sin
motor a mano de murciélago y, sobre todo, esos escalones antigravedad que se
busca en una escena tan mala que da hasta ardor de estómago.
El inevitable enfrentamiento final entre Azog y Thorin está
muy por encima de su primer contacto, al final de Un Viaje de ida y Vuelta, que
nos dejó a todos bastante frio. La verdad es que Azog ha ganado bastante
presencia, siendo un personaje mucho más importante que en el libro y ha
terminado siendo contundente. Además se nota que el enfrentamiento está bien
pensado. Luchando en unas cataratas heladas, utilizando en su contra el arma de
piedra de Azog, la escena en que Azog sigue la corriente por debajo del agua, y
finalmente la inevitable “resurrección” y sacrificio de Thorin. La verdad es
que es una escena bastante bien conseguida y que consiguen transmitirnos la
fuerza y la importancia que el momento requiere.
Se habrán dado cuenta que estoy poniendo bien el clímax de
la película, pero que hay un elemento desaparecido. Bilbo Bolsón apenas es una
figura decorativa entre tanto combate singular y pierde bastante presencia, y
como Bilbo ha sido el alma de esta trilogía pues la película siempre es un peor
cuando no sale él. No en vano, suyas son todas las escenas que recordaremos con
el paso del tiempo. Aquí vuelve a aparecer hacia el final para tener una muy
emotiva despedida con Thorin escudo de roble (y los dos actores lo bordan) y
conseguir emocionarnos en los diversos epílogos (afortunadamente más corto que
en El Retorno del Rey) y despedirse de los enanos, de Gandalf y volver a la
comarca. A mí siempre me gusta que dejen espacio en las películas para volver a
la comarca, que recupera el espíritu de la tierra Media. De manera muy
efectiva, y con el anillo como enlace, van a entrelazar las dos trilogías para
dar carpetazo al Hobbit.
Echando la vista atrás y viendo la trilogía en su conjunto,
la verdad es que no puedo ser muy positivo. Peter Jackson se moría por volver a
la Tierra Media y eligió el vehículo del Hobbit para hacerlo, y no pareció
importarle que tolkien escribiese el hobbit de manera muy diferente, y con un
propósito muy diferente que el Señor de los Anillos. Jackson ha querido hacer
más una precuela del Señor de los anillos que ser fiel al libro, y los excesos
se han multiplicado por doquier. Por supuesto el neozelandés aporta cosas
buenas, eso es innegable. Su visión de la tierra Media es perfecta y asombrosa,
no falla nunca. Su imaginería visual, su dosis de espectáculo, incluso su
sentido del ritmo para que las películas no se hagan tostones interminables hay
que valorarlo. Pero el material no daba para tres películas de ninguna manera,
algunas decisiones son muy cuestionables y su intención de hacer otro Señor de los
Anillos se queda muy lejos en cuanto a épica, a sentimiento y a alma. Hasta el
punto de que el interés por la saga ha caído en picado y hemos terminado viéndola
con el piloto automático. Un memorable Martin Freeman y sus escenas con Gollum
y Smaug va a ser lo único que recordemos de estas películas con el paso del
tiempo. Para Peter Jackson el Señor de los Anillos ya queda muy lejos.