lunes, abril 30

Ready Player One vs. Ready Player One

Ready player one se ha convertido en el producto friki por antonomasia. Ya la novela estaba en boca de todos por el batiburrillo que supone: ciencia ficción,realidades virtuales, videojuegos y sobretodo la esencia del mismo, un sentido homenaje a todo lo que representó la década de los tochenta en cuanto a cultura popular, o,lo que es lo mismo, la infancia de mi generación. Ernest Cline no engaña a nadie, se muestra como lo que es, uno de los nuestros. Un frikazo que lo primero que hizo cuando vendió los derechos fue comprarse un delorean como el de Regreso al futuro. Con eso te lo estoy diciendo todo.
Oiréis mil veces decir que Ready Player One es una obra menor, un libro de consumo rápido, y desde luego no seré yo quien lo niegue, porque tampoco está aspirando a ser Anna Karenina. Pero eso no significa que no se le puedan sacar virtudes.de hecho es admirable la manera en que te atrapa la historia, que no deja de ser la más simple de las sinopsis, pero el libro tiene algo que lo convierte en una lectura trepidante. 400 páginas que me duraron apenas una semana. Pues si contamos con la sensación de lectura amena, agradable y que te cautiva, poco más podemos pedirle a un Bestseller, la verdad.
Buena parte de ello lo tiene la escritura de Cline, que evidentemente no va a ganar ningún concurso de prosa, pero que sabe como llegar a su lector sin más miramientos. Parece obvio que el autor ya tenía en mente una posible traslación a la gran pantalla, porque su estilo es eminentemente visual, y las grandes descripciones las guarda para ponernos al día de que es Oasis yo que significa en el mundo. Donde clava perfectamente el estilo es en conseguir una charla intrascendente que aún que aporte poco, le da a la lectura una ligereza necesaria. Incluso no en pocas veces los diálogos estan escritos en formato de chat, y posiblemente hablando de temas aleatorios y sin valor para la novela, pero que entiendes como lógicos dentro del marco que se está creando.
Como decimos el argumento de la misma difícilmente podría ser más simple. Más allá del concepto de Oasis (esa realidad virtual que en un futuro lo va a acaparar todo, y que sólo dibuja las posibilidades reales del mecanismo en favor de centrarse en el juego) en cuanto el difunto Halliday explica los tres huevos de Pascua que hay que conseguir asta para tener toda la aventura perfilada. En los personajes tampoco hay demasiadas sorpresas: el típico héroe adolescente, su amigo musculoso, la chica aguerrida pero noble... no salimos de los estereotipos, ni siquiera en la construcción de los villanos. Oh si, típica corporación megalómana con recursos ilimitados. Incluso se podía haber jugado a la dualidad que en el mundo real las pruebas de Haliday fuesen insignificantes, pareciendo una pugna entre frikis aislados de la sociedad, pero como decimos ningún atisbo de profundidad social le interesa realmente a Cline, que solo quiere jugar a su juego.
Con los huevos de pascua al fin tiene el material para gozar. Trasforma a Haliday en un sosias de si mismo y las pistas y pruebas se van a discernir entre los gustos del creador. Así que todo el Background ochentero tiene pista libre para ser el verdadero espíritu de la obra. Referencias mil a películas frikis, a videoclips que huelen a laca y permanente, a canciones con sintetizador y a videojuegos con máquinas recreativas.
Y aquí le voy a pegar el primer palito. Al menos a nivel subjetivo, ya que hay que reconocer que  la decisión de Cline es coherente con el personaje que ha creado. Es, claro, que la referencia preponderantes en todo el libro son la de los videojuegos. Tema en la que ya advierto estoy más bien pez. Pues desde la manera de pasar dos de las tres pruebas, ojo, en duelo letal contra una gárgola... ¡en una máquina recreativa! ¡Nuff Said! Hasta otros momentos importantes en cuestión, estoy pensando en la vida extra (frustrante movimiento del autor, dándote una información que será importante, pero negándote la manera de entenderla hasta el momento clave) se consigue a partir de la partida perfecta de PacMan. Es ridículamente quejarnos de la cuestión. Cline tendrá sus fetiches y los mete donde quiere, que para ello es su obra, pero a mi me produce un ligero distanciamiento, que evidentemente no es todo lo contrario a lo que se busca.
De la misma manera va a pasar con las referencias cinéfilas. Par mi los ochentas son ET, Indiana Jones, Alíen, Encuentros en la tercera fase, Los Goonies, Gremlins, y hasta Fama. Pero existe otra vertiente de cine made in ochenta, que será la que opta Cline, que son las películas de John Hughes y de Matthew Broderick. Otra vez la queja será estéril, pero mira que había películas hiperguays para recrear que no repetir los diálogos de Juegos de guerra.
Por eso el Hype ochentero que es razón de ser del libro a mí al menos se me mitiga un poco. Sigue siendo una lectura absorbente, donde igual se recurre a topicazos varios (todo lo de la IOI o la cura de humildad cuando Parzival se convierte en famoso) como consigue requiebros divertidos. La manera en que sale del anonimato el protagonista, mediante la tabla de puntuación es original. La interacción con los jugadores japoneses, y el desenlace de los mismos amplía el universo creado, y la identidad de Hache es un giro divertido.
Y justo cuando empieza lo Gordo... el libro se para. El protagonista al empezar el tercer actor renuncia a todo lo logrado y desconecta de Oasis, a ver, evidentemente entendemos que está preparando algo gordo, con su infiltración en IOI, pero es aventurado tomar esa decisión cuando ya entramos en el desenlace. Es el único momento en que el libro pasa a ser algo aburrido. Afortunadamente se recupera para la traca final, que es justo eso, una traca con todas las letras. El enfrentamiento final es una ida de olla loquisima, protagonizada por robots gigantes japoneses de toda índole que llega casi al absurdo.  Es un poco bajonazo  que vuelvan a utilizar una partida de videojuego en el reto final, pero llegados a este punto ya andamos entregados a Wade y vamos cuesta abajo y sin frenos hasta el nada sorpresivo final del libro. 
Obviamente no voy a decir que es un libro que me vaya a marcar especialmente y seguro que hay gente que haya podido disfrutar mucho más que yo de referencias ochenteras que a mi o se me escapaban o me eran irrelevantes, pero como lectura para devorar en un rato sin comerte la cabeza cumple más que sobradamente.
Y luego está la película. No es que fuese una sorpresa que un libro como éste acabase en una producción hollywoodiense, porque tanto su desarrollo como su prosa visual apuntaba a eso. Si sumamos la moda por la nostalgia que impera desde los últimos años, pues era meridianamente claro. El boom vino cuando se supo de la identidad del director, ni más ni menos que Steven Spielberg. Hablamos del Rey midas de Hollywood que se convirtió en uno de los más grandes referentes de la cultura popular de los últimos treinta y cinco años, a raíz de películas icónicas de esta década de los ochenta que Ready Player One tanto mitifica. Es decir es la elección idónea a todas luces. Y así debería haberlo sido pero parece claro que la película busca caminos diferentes al libro.
Que no se entienda esto como un ataque a Spielberg. Su trabajo es impecable. Sabe mantener el ritmo en una película de casi dos horas y media, ser espectacular cuando se requiere sin dejar de ser nítido, dejando imágenes impactantes como la carrera por Nueva York. Pero tampoco nos pasemos. No será uno de los trabajos más recordados de su carrera. Aun entrando dentro de sus películas de evasión (como si entre estas no tuviese obras maestras...)está lejos de la maestría que en otras décadas hacia su cine imprescindible.
Un acierto claro es que la translación a la gran pantalla no es ni mucho menos literal. Se toma todas las licencias necesarias, con el beneplácito de Cline que firma el guión, para que la accion fluya de manera mucho más visual. De ahí el cambio en las pruebas de Hallyday por otras que luzcan más en pantalla. La que mejor funciona sin duda es la carrera en la primera prueba, espectacular, con Spielberg llevando al limite el mundo digital. Una dirección que recuerda poderosamente a Tintín, en tanto en cuanto puede hacer con la cámaras en un mundo virtual movimientos que el mundo real no se lo permite. Pero ahí ya demuestra la diferenciación entre libro y película. En esta las referencias a la cultura friki no son relevantes para la accion, simplemente están ahí, como un marco. Puedes disfrutar viendo el Delorean de regreso al futuro, la moto de Akira, el  Tiranosario de Parque Jurásico, pero se curan en salud para la gente que esas referencias se les puedan escapar, y puedan seguir viendo la película. Algo casi inviable en el libro.
Por eso, aunque estoy a favor de los cambios que han hecho visualmente aceptable el film no sé si al final se ha perdido el espíritu original. En esencia El Hallyday del libro era un frikazo inconmensurable, mientras que en el cine pues solo es un genio que mira con nostalgia su pasado. De hecho, a las pruebas me remito, la manera de solucionarlas no es con guiños a la cultura popular, si no adentrándose en la personalidad y los sentimientos de Hallyay, bien hacia su amigo, bien hacia su primer amor... de esta manera el Background ochentero es de mucho menor calado. Las referencias conceptuales son las que mejor me funcionan (el cubo Zemeckis, las gafas Clark Kent) pero no deja de ser mero atrezzo.
De hecho parece que vale todo. Visualmente los personajes recuerdan en esencia a los de Final fantasy o cualquier videojuego del presente siglo. Encontramos las mismas referencias a la década de los ochenta que la de los noventa, y para el momento más emblemático,me alegro que renuncien a Juegos de guerra, pero la elegida tampoco es representativa de la década ochentera. Supongo que es la manera de Spielberg de homenajear a su admirado Kubrick, pero aunque la recreación del hotel Overlook es perfecta justo es reconocer que se viene abajo con ese baile entre zombies un poco estupido y que haría removerse a Stanley en su tumba.
El tramo final de la cinta supone un despiporre absoluto, pero era algo que ya pasaba en el libro. Aquí se ha querido equiparar en importancia al mundo real con el de Oasis. Por un lado es necesario, pues tanto mundo digital, por muy perfecto que esté recreado hace que estés viendo constantemente una película de animación, un videojuego en esencia, con el alejamiento emocional que esto implica. Pero el mundo real tampoco pasa por ser la solución para la cinta, primero por las pocas ganas de indagar en el (todos los protas y sus amigos viven juntos y se juntan por casualidad), el escaso carisma que aportan los protagonistas (la cara de sieso de Wade es para hacérselo mirar, y lo increíblemente inútiles que aparecen los Villanos en general y Sorrento en particular. Así que a la postre lo que tenía que ser una solución, termina siendo un lastre.


Y parece que le quiero dar mucha caña a Ready Player One y tampoco es eso. Es sólo reconocer lo que es. Un blockbuster formulaico que busca llegar a todo el mundo posible, con escaso riesgo, escenas espectaculares y su final feliz. Que Spielberg sea su director pues ofrece unos mínimos por encima de la media, claro está, y una factura impecable, desde la ILM dando caña, hasta Allan Silvestri a lo Williams (y homenajeandose a sí mismo en Regreso al futuro) Quizás con esa intención de accesibilidad ha dejado de lado el verdadero espíritu del libro, y lo que se nos vendía como la madre de todas las nostalgias queda más difuminado de lo esperado, siendo al final un producto de consumir y olvidar. Justo lo que no era Spielberg en los ochenta.