Empezamos esta quinta temporada con el aviso que, primero será la última de la serie, y segundo estará contada en dos arcos diferentes. Nos acercamos al desenlace y esto es justo lo que necesitan los creadores para echar toda la carne en el asador. Ya dije que La Casa de Papel se ha convertido en un blockbuster de acción, pero eso no ha de ser visto como una crítica acción es buena. Y en ese sentido la verdad es que está a nivel Top. En cuanto a escenas de acción, a frenesí y a exhibiciones adrenalíticas no tiene nada que envidiar a ninguna producción televisiva del mundo. La figura del director Koldo Serra se engrandece, porque es en estas escenas cuando la Casa de Papel da el do de pecho y te tiene atrapado.
Y la mayor virtud que tiene en este sentido es estar instalado continuamente en el clímax. Empezar muy arriba, seguir más arriba y acabar arriba del todo. Otras veces puede ser difícil de lidiar, pero ahora que entendemos que se acerca el final se acepta ese más grande, más fuerte sin excesivas contemplaciones, y por qué no decirlo tragándonos algún que otro sapo
Quiero comenzar por un punto flojo esta temporada respecto a las anteriores. Porque los flashbacks siempre han hecho por aportar a esta serie. Desde que nos quedamos sin Berlín era necesario abusar de ellos para seguir contando con el magnetismo de Pedro Alonso en la serie, y en la temporada anterior consiguieron el punto exacto: brillaba el personaje, servía de interlocutor con el profesor y aportaba información importante a la trama principal. Para los flashbacks de esta quinta temporada solo se preocupan de la primera de las claves. Se le idea una trama paralela sobre un robo en Copenhague que es totalmente independiente de la trama principal. Sirve para introducir en la trama a Patrick Criado como hijo de Berlín, y la escenas del robo son divertidas y Berlín sigue demostrando ese aura que le acompaña. Pero a la postre no sirve para nada. Se le daba tanta incidencia al mismo que yo me quede esperando que el hijo de Berlín apareciese como comodín en la trama principal, pero nada (al menos por ahora) Argumentalmente no tiene mucho sentido. Algo similar se puede decir de los otros flashbacks, donde nos presentan al antiguo amor de Tokio, porque al final nos cuenta una historia de amor con Tokio que desconocíamos hasta ahora y que realmente es bastante insustancial, más allá de lucir palmito con Miguel Ángel Silvestre, pero siendo fichaje de campanillas se esperaba más aportación del mismo.
Porque sí encontramos síntomas de agotamiento en la fórmula de Alex Pina. Momentos y decisiones o giros sobre esas mismas decisiones que suenan a ya visto. ¿Cuántas veces van a utilizar a los rehenes disfrazados de atracadores? ¿Cuántas veces tiran una granada que lo trastoca todo? A fin de cuentas la limitación espacial, y el repetir el sistema de atraco por segunda vez te tiene que limitar argumentalmente. O debería, porque aquello en lugar del banco de España parece una ciudad entera, que tienen bunkers con armas, helipuerto, caja fuerte sumergible, despensa o cocina según lo requiera el guion.
Ahí sí que la credibilidad de la serie se tambalea. EN base de abrazar el molonismo por bandera tenemos que aceptar el todo vale, pero claro, la verosimilitud se resiente. Así vemos que cualquiera que pase por allí, como los rehenes que se amotinan con capaces de manejar armas sin parangón, en especial el iluminado de Arturito (personaje que hace tiempo ya no debería estar en la serie y cuya función solo pasa por ser lo más irritante posible) que le vemos con pistolas, ametralladoras, granadas o lanzallamas como si nada.
Ya advertíamos en la anterior temporada que una de las claves para que estos capítulos triunfasen será la medida del villano. Con Arturito tenemos la batalla perdida desde hace tiempo, pero el buen trabajo que se forjó con Alicia Sierra y Gandía había que corroborarlo. Puede que el guardia de seguridad debería haber salido ya de la serie después de su protagonismo en la anterior temporada, pero es tan bueno, tan disfrutable cuando se pone odioso que yo entiendo que le vuelvan a aprovechar, aunque sea dentro del grupito ese de élite, que en base a querer hacerlos superduros parecen incluso caricaturescos, como si fuesen villanos de Frank Miller.
El otro punto es el de Alicia Sierra, que nos dejó con el cliffhanger de la temporada pasada y que, bueno, mantiene los mimbres del personaje en alto. Esa soberbia, prepotencia y crueldad de la que estar orgullosa la definen bien, pero ante la tesitura de no poder cargarse al profesor, pues hacen un poco de trampa al respecto. Que iba a dar a luz mientras tenía al profesor preso no habrá sorprendido a nadie, igual que la tregua entre ellos, pero para mi sería un error convertir a Sierra en “otra” Lisboa. O sea, que se convierta en aliada de la banda.
Lo que le ha dado la trama de Sierra a la serie es alejar al profesor de la trama principal, lo que termina siendo bueno. Ya dije en su momento que compro al profesor cuando está con el agua al cuello, pero le pongo problemas cuando lo controla todo y se saca planes por debajo de la manga. Aquí al menos los atracadores no pueden jugar la carta Exmachina del profesor. Aunque al final puede presionar a Tamayo in extremis al menos es por algo que han improvisado dentro del banco de España, no una sacada de la manga de último momento. Esto ayuda a que los atracadores se sientan solos, improvisando y sin un cerebro detrás, lo que aumenta su sensación de ansiedad. Al menos la presencia de Lisboa dentro del atraco aporta jerarquía y no tienen estúpidas competiciones por saber quién tiene el mando.
Ahí la serie tiene la personalidad suficiente como para ser una orgía de disparos, destrozo de mobiliario y gritos pararse por momentos para hablar psicológicamente de los personajes. Incluso sin pararse. La relación entre Palermo y Helsinki, el acercamiento de Manila a Denver o el estrés posttraumático de Estocolmo nos recuerda a la Casa de Papel antigua que todavía le daba importancia a sus personajes.
A estas alturas ya están las cartas boca arriba y cada uno sabe los personajes con los que empatizar.
Así que van a repetir las jugadas anteriores. La verdad es que a los creadores nunca les ha temblado la mano en cuestión de cargarse a personajes. Tanto la muerte de Berlín como la de Nairobi se dan cuando eran los personajes que se habían apoderado de la serie y eran los personajes más carismáticos. Así que ahora dan del do de pecho y para el último capítulo la víctima propiciatoria va a ser ni más ni menos que Tokio. Es de ser valiente pues además de ser la narradora de la serie Úrsula Corberó es junto a Álvaro Morte la imagen de la serie. Así que es una decisión valiente (tampoco tanto que a fin de cuentas quedan cinco capítulos de la serie) e inesperada, aunque podría ser más sorprendente si el capítulo no telegrafiase el movimiento, con Tokio despidiéndose de todos tanto en flashbacks como en el presente. Y por muy inconsistente y loca que haya sido siempre el personaje tiene ese carisma tan propio que su sacrificio, llevándose por delante al odioso Gandía es un final de temporada en todo lo alto.
Así que estamos ya en la rampa de salida del final de la serie. Volveremos a escuchar que estos capítulos han sido chicle y estiramiento de la serie. Quien lo piensa es que aún no entiende la naturaleza de la misma. La Casa de Papel lo que va a tener es un clímax de tres temporadas, Dándolo todo, pisando el acelerador a fondo no en los dos últimos capítulos, en los últimos quince. Y no es fácil mantener siempre esa intensidad en lo alto, y como digo hay movimientos que no funcionan como debieran y no vamos a comprarle todo lo que nos vendan, pero hay que valorar la Casa de Papel con lo que ha sido, no con lo que nos hubiese gustado que hubiese sido. Quedan cinco capítulos de la serie y lo único que sabemos de ellos es que estamos seguros que toda la carne estará en el asador.