martes, marzo 25

SE ACERCA EL INVIERNO

Mucho Lost, mucha peli de superhéroes y mucha Civil War, pero si alguna obra me ha tenido enganchado todo este año, ese honor corresponde sin duda a Canción de Hielo y Fuego, la extraordinaria novela-río de Fantasía Heroica escrita por George R. R. Martin, de la que hoy hace un año apenas había oído hablar y a día de hoy ya tengo más de dos mil páginas entre pecho y espalda. Y esperando ansioso las que quedan.
Resumir la trama de CDHYF es una tarea tan difícil como infructuosa, así que no perderemos tiempo en dar a conocer los siete Reinos. Una de las cosas que me llamó la atención para empezar a leer el primer libro, Juego de Tronos, es que la persona que me lo recomendó (gracias Dr. Jota) se define como una persona que no le gusta la Fantasía Heroica. Y efectivamente, Juego de Tronos no es un libro de fantasía Heroica al uso. Queda lejos el intento de conseguir una obra épica y heroica al estilo (inalcanzable) del Señor de los Anillos. No, Juego de tronos, se muestra como una novela con una evidente vertiente realista donde importan más los equilibrios de poder y los tejemanejes políticos que los momentos mágicos de la saga. El autor no escatima muertes, lenguaje obsceno, incestos, violaciones, mutilaciones… y cada vez que la ocasión lo requiere (y doy fe que lo requiere a menudo) se regocija en momentos de absoluta crueldad. Por lo que esperar momentos idílicos o mágicos dentro de la saga es esperar en vano. Es más, los elementos sobrenaturales están perfectamente incrustados en la saga, ya que el poco abuso sobre ellos hace que cuando aparezcan realmente tenga una importancia intensa. La irrupción de los Otros no sería tan espeluznante si no fuese porque aparece como algo realmente fuera de lo común. Y el fuego Valirio o los dragones suponen poderosas ventajas en una batalla.
Estilísticamente el libro no tiene sorpresa. Capítulos de diez-doce páginas , de prosa sencilla y con un buen uso de los diálogos que ayudan a hacer amena la lectura, además de buscar un enganche hacia el final de cada capítulo que te deje con ganas de más. En cada capítulo cambia la voz del personaje, y esto ayuda a entender el punto de vista de varios personajes, lo que es una de las grandes bazas de la serie. Porque la elección de los personajes con voz sí que supone un elemento a tener en cuenta. No deja de ser raro que por ejemplo Robb Stark o Stannis Baratheon no tenga capítulos propios, pues son personajes que se pueden considerar como principales en la trama, pero en cambio otros que en principio van a aportar mucho menos sí que cuentan con capítulos propios. Es la estrategia de acercarse tangencialmente a los acontecimientos en lugar de hacerlo con el personaje principal. La clave de la saga es conseguir, como consigue, que todas las historias te parezcan interesantes por igual y no tengas la tentación de saltarte capítulos de personajes, porque lo interesante está en otro lado. Y es que ésta va a ser una de las obsesiones del autor: Que el interés del lector nunca decaiga.
El éxito inicial de Juego de Tronos va a ser darle voz a Tyrion Lannister. El libro es maniqueo y entre la rectitud de los Stark y la ambición desmedida de los Lannister está claro quiénes son los buenos. Por eso es interesante que uno de los “malos” tenga la oportunidad de explicar las cosas desde su punto de vista. Y realmente es todo un acierto, pues en poco tiempo Tyrion aparece destinado a convertirse en uno de los favoritos del libro. Aparece como un personaje inteligente, con una lengua viperina y un máster de astucia. No cometen la torpeza de darle cualidades extraordinarias al personaje para superar su deformidad, como una habilidad exagerada en combate. Y aunque se busca determinar las acciones de Tyrion desde su punto de vista, no se justifica a él o al resto de los Lannister por sus ansias de poder. Más tarde se intentará repetir la jugada con Theon Greijoy y Jaime Lannister, con más acierto en el segundo caso que en el primero.
Además de los personajes importantes, que ya son multitud, no solo contando los personajes que sirven de narrador sino otros como Robert, Joffrey, Jaime, Robb… hemos de sumar el buen uso de los diversos personajes secundarios, e incluso “terciarios” dentro de los libros. Personajes que empiezan de manera testimonial y cuasi anecdótica empiezan a cobrar protagonismo hasta llegar a estar a la altura de otros. Los casos más ejemplares deben ser Meñique o los hermanos Clegane, de los que seguro nadie se acuerda de su primera aparición pero que poco a poco se van convirtiendo en personajes principales. Lo mismo se puede decir de Tywin Lannister, que se pasa dos libros en un segundísimo plano para terminar teniendo importancia capital en Tormenta de espadas. En el uso de los personajes secundarios se muestra el buen hacer de Martin, pues consigue que empaticemos con ellos en sus pocas apariciones. Llegar a que nos importen el destino de Shae, Khal Drogo o Jorah Mormont es importante, pero que pase igual por otros como Sirio Forell o Podrick Payne, cuya presencia es insignificante tiene mucho mérito. Esto que empieza siendo un baluarte a favor del primer libro termina siendo contraproducente cuando a raíz del choche que reyes las casas implicadas se multipliquen. Una cosa como lector es lidiar con una treintena de personajes y otra es pasar del centenar. Llega un momento en que es casi imposible seguir la pista a todos y cada uno de los que salen ¿Alguien sabría contarme la historia de Janos Slynt, Vargo Hoat u Osmund Kentelblack? Pues eso.
Otro aspecto destacado del libro es lo bien que el autor sabe mantener el equlibrio entre las tramas de corto plazo, las de medio y las de largo. Efectivamente toda la lucha de poder que se hace patente durante los primeros libros solo es la punta de lanza de lo que se prepara, primero con el misterio de los Otros que vienen de Más Allá del Muro y más tarde con lo que se avecina cuando la descendiente de los Caballeros Dragón llegue a los siete reinos. En el primer caso el bastardo Jon Nieve es el que nos lleva al mundo del Muro, y la irrupción fantasmal de los Otros. Quizás se pierde un poco del misterio de ese mundo fronterizo en el segundo libro, cuando la guardia de la noche decide pasar más allá del Muro y nos encontramos con un mundo simple con salvajes hombres libres (y algún Mamut y algún gigante) pero que nunca parece tan peligroso como nos parecía antes de conocerlo. De todas maneras Martin sabe mantenernos atentos a la trama, tan alejada en principio de la principal con el ataque de los Salvajes al Muro y la defensa de los siete Reinos. Además de los subargumentos que salen en el mismo como que el Maestre Aemon sea en verdad un Targayren, o la eterna desaparición de Benjen Stark, que hacen que nunca perdamos el interés por la trama.
Igual o mejor está llevada la trama de los caballeros Dragón, y eso que parece que la cosa aún tiene que ir para largo. Es meritorio como crece el personaje de Daenerys al cabo de la saga. Si en su presentación era alguien timorata y un pelele en manos de su hermano, en poco tiempo va creciendo su animadversión hacia Viseris y su acercamiento a su marido Khal Drogo. Cuando se queda sola pasa de ser esa niña asustadiza y que no controla su destino a convertirse contra su voluntad en la reina que debe ser. En este punto sí que el autor consigue una excelente dualidad con el personajes, pues no sabes si considerarla la salvadora de los siete reinos o su definitiva perdición. Las causas que persiguen los caballeros Dragón parecen del todo legítimas, pero sí que es verdad que su definitivo triunfo pasa por la conquista y destrucción de todas las casas de los siete Reinos.
Porque si hablamos de tres líneas de argumento se podría añadir una cuarta, pues los flashbacks de la época en que la Alianza destronó a Aerys el Loco aparecen cada vez con más frecuencia en la saga, sobre todo a partir de que Jaime Lannister gana protagonismo. Huelga decir que todo lo que en ello sucede son momento de extrema crueldad y violencia inusitada, y no deja de ser significativo que la victoria contra Aerys y la muerte de la estirpe de los Targayren por parte de Jaime sea visto como una victoria necesaria e imprescindible para el devenir de los siete reinos mientras que los Lannister y compañía nos parece lo peor durante todo el libro y en cambio comprendemos y simpatizamos por la causa de Daenerys.
Y en eso estamos. Con una literatura fluida, unos personajes sólidos y unas tramas paralelas relevantes nos tienen ganados para la causa. Pero para conseguir que sigamos fieles durante los siete libros que en teoría deberían publicarse necesitamos algo más. Y en este caso es la voluntad férrea del autor, al que no le va a temblar la mano a la hora de tomar decisiones. Si ya en el primer momento quien parecía iba a convertirse en el protagonista absoluto del libro lo separan de manera cuasi definitiva del resto de personajes, es solo el primer ejemplo de la vorágine de acontecimientos inesperados que van a ir surgiendo a cada paso de los libros. En principio, cuando no conocía la montaña rusa de eventos que se me venía encima solía pensar “una paso equivocado del autor” pero Martin demuestra que es capaz de sacarle jugo a una piedra, pues prácticamente todos los saltos hacia delante (la mayoría sin red) terminan en una línea argumental tan o más interesante que la que abandona: Dejar a Jon Nieve fuera de la familia Stark parece un error, pero nos enseña todo el mundo fronterizo del Muro. Las muertes de Viserys y de Khal Drogo cambian por completo el estatus de Daenerys, pero le sirven para crecer como personajes. Dejar de lado el enorme juego que ha dado Tyrion como mano del Rey en choque de Reyes es perder un filón considerable, pero nos sirve para que crezca de manera inconmensurable el personaje de Tywin…. Y como eso todo. Martin no duda en liarse la manta a la cabeza sea cual sea las consecuencias de sus actos. Las muertes de los personajes estarán a la orden del día, y con la significativa muerte que ocurre en el primer libro nos damos cuenta que nadie está a salvo y que en libro todo puede pasar. Y así va a ocurrir al largo de toda la saga. El lector se mantiene constantemente en vilo, porque es sabido que en cualquier momento un giro imprevisto puede trastocar los esquemas que parecían prefijados en un principio. Esto no puede ser más verdad que en Canción de Hielo y fuego. ¿Que dedican cien páginas a presentarnos Invernalia? Pues la abandonamos a las primera de cambio. ¿Qué parece que la cosa va a ir de las conspiraciones en la corte contra el rey? Pues saltamos la banca en cuanto tenemos oportunidad ¿Qué parece que el personaje más íntegro de la saga podrá encauzar las cosas? Pues no lo cargamos creando un nuevo estatus para toda su familia… y así ad infinitum. En ocasiones los acontecimientos son tan abruptos y sorprendentes que hacen dudar si responden a un plan prefijado del autor. Quizás no todas las soluciones se puedan considerar acertadas: en ocasiones hay giros argumentales que pueden resultar algo incongruentes (un par al inicio de Tormenta de Espadas, por ejemplo) y sin ir más lejos el último golpe de efecto (no, el penúltimo. Espera, el antepenúltimo) que yo he leído me parece un gran desperdicio, pero es de agradecer que el autor no pare de movernos la silla y no deja que la saga languidezca sin mover el status quo.
Así que George R. R. Martin ha ganado su gran batalla por conseguir el interés del lector. Ahora ando acabando el tercer libro y ya estoy expectante por seguir con la saga. Lo único negativo que puedo aportar es que, viendo lo que queda por delante pasarán siete u ocho años para tener terminada la saga. Y a buen seguro la espera se hará insufrible. Esperaremos: Se acerca el invierno

martes, marzo 4

HOUSE M.D.

House es una de esas escasas series que se pueden considerar buenas e inteligentes y que ha triunfado en horario prime time. Incluso se puede decir que ha transcendido y se ha convertido en un referente fuera del contexto televisivo. Eso de por sí ya es difícil, y más en una cadena que tiene al médico inglés como único referente hasta el punto de poner en peligro el record de repetición de los antenizados Simpons.
¿Es House una buena serie? Bufff… difícil papeleta. Si debiera mojarme, y si estoy escribiendo esto será para mojarme, diré que no, globalmente House tiene demasiados defectos para poder considerarse una serie redonda. Por supuesto la serie peca de lo que pecan todas las series de médicos: es excesivamente formulaica. Todos los capítulos siguen el mismo esquema: se presenta un caso médico de extrema gravedad del que nadie da con el resultado. El caso se complica hasta ser necesaria medicina de alto riesgo (no hay capítulos sin punción lumbar, sin coma inducido, sin paro cardíaco) Se llega al extremo de caso irresoluto hasta que el genial protagonista da con la tecla adecuada… et voilà, resuelve un caso que se dan uno en un millón de casos. Y ya está. Absolutamente todos los capítulos, salvo dos o tres excepciones a lo sumo siguen el mismo esquema una y otra vez. Al final provoca que visto un capítulo, visto todos. Cuando ves capítulos repetidos de House tienes que tardar un rato en molestarte en saber de qué temporada se trata, pues las diferencias son mínimas.
Por supuesto la enorme baza que tiene la serie es su personaje protagonista. Gregory House, con indisimulada referencia a Sherlock Holmes, es un médico genial en la búsqueda de cualquier diagnóstico. House lo tiene absolutamente todo como personaje: es cínico, divertido, sincero, cruel, misántropo, malhablado, drogadicto, irónico, excéntrico, genial… y sobretodo es la tábula rasa perfecta para cualquier guionista para lanzar frases sardónicas geniales. El gran mérito de la serie es conseguir que empaticemos con un personaje tan desagradable a priori. Y conseguir mantenerse en ese filo, en que la gente quiera a este personaje tan hosco y maleducado sin traicionar al mismo es la piedra filosofal de la serie de David Shore (conocido por otra serie que también pecó de formulaica como Sexo en Nueva york) Si cometen el error de humanizar al personaje y “encariñarlo” se va a perder toda la riqueza de la serie.
House es tan buen personaje que lo acapara todo. Eclipsa a todo lo que está a su alrededor. Especialmente pasa en el resto de personajes. El trío de médicos secundarios apenas pueden competir en interés con su jefe y no dejan de ser personajes bastante unidimensionales. Al pasar tres temporadas es cuando empiezas a hacerte idea de cómo piensan y creen el trío de secundarios. Especialmente triste es el caso del Dr. Chase, que a día de hoy es difícil hablar de su personalidad más que ser “el doctor Guapo”. La doctora Cameron tiene algo más de enjundia, con su postura antitética a la del Dr. House: ella es comprensiva y siente el dolor de sus pacientes como propio. Peca un poco de estereotipada. El mejor construido parece ser Foreman, que se muestra normalmente como el más dotado de los médicos que acompañan a House, y que corre el riesgo de seguir los pasos de su mentor. De todas maneras la posición de los tres personajes no es fácil, ya que se limitan a dar soluciones erróneas hasta que el genial doctor da con la solución mágica. Al alejarse más de los casos de cada capítulo aparecen más interesantes otros personajes como el doctor Wilson, único amigo y que ejerce de Pepito Grillo de House, o la doctora Cuddy, su jefa, con la que mantiene una tirantez muy estimulante en los primeros capítulos. El problema es que esa tirantez no se puede mantener durante largo tiempo, pues llega un momento en que la situaciones insostenibles siempre caen a favor de personaje estrella. Por eso, desde la resolución del asunto Tritter Cuddy pierde toda su jerarquía.
En la primera y la segunda temporada House se gana su puesto emblemático el Dr. House. Todos los capítulos son prácticamente iguales, con honrosas excepciones como el afamado Tres historias (elegido de manera excesiva como el mejor capítulo de la historia). Además la construcción del capitulo ayuda a que House gane en carisma mezclando por igual momentos dramáticos con momentos más cómicos e irónicos, preferentemente en las divertidas horas de consulta. La segunda temporada sigue por los mismos derroteros, pero parece que los responsables ya se van dando cuenta de los problemas que tiene la serie. Se intenta dar un halo de continuidad a los capítulos, cosas que en la primera temporada era casi inexistente y para esto se saca a colación a la exmujer de House. Personalmente parece una opción pelín facilona y poco rebuscada (se pone a trabajar en el mismo hospital. ¡Qué casualidad!) Pero de nuevo la fuerte personalidad de House sigue salvando la papeleta a la serie, y consigue acabar todo el subargumento con enorme fuerza.
Para la tercera temporada se siguen buscando soluciones a la autoconclusividad de los capítulos y se procura mantener un mínimo de continuidad en toda la serie. Por eso desde el principio de campaña aparece ya el enorme David Morse (en todos los sentidos) como un policía, que después de ser tratado de manera vejatoria por el Dr. House le va a perseguir (y no sin razón) al malhallado doctor. La serie se beneficia de tener un hilo conductor y que haya una némesis suficientemente grande contra House. El asunto va subiendo poco a poco en tensión y parece que House está en un verdadero callejón sin salida… pero la cosa se resuelve de manera bastante abrupta y algo incoherente. Simplemente la doctora Cuddy tiene que salir a defender a su médico y ya está. Vale, sabíamos que al final el doctor House se iba a salir con la suya, pero la verdad es que dejan a Tritter a la altura del betún y se quitan el marrón de manera facilona. El siguiente asunto está mejor resuelto. Se trata de Foreman, que viendo que corre el riesgo de seguir los pasos de House decide dejar el equipo. La situación es complicada pues House, siendo como es, no se va a rebajar a pedirle que se quede su ayudante y no deja de lanzarle puyas made in House. Todo parece indicar que la cosa acabará de manera lógica: con Foreman volviendo con el rabo entre las piernas, pero ocurre todo lo contrario. No solo todos los personajes mantienen su postura coherente, sino que tanto Cameron como Chase se unen a Foreman y dejan a House solo.
La cuarta temporada ha aceptado el contexto formulaico de la serie y sabe que la magia de la serie es la interrelación de House con sus acólitos. Así que lo que hacen es cambiarle los acólitos. House hace una especie de concurso entre varios candidatos para que se terminen ganando el puesto. Todo hace presagiar que será para nada, pues Foreman, Cameron y Chase siguen pululando por la serie, por lo que es de imaginar que volverán al equipo al final de esta temporada. Pero es estimulante ver a House rodeada de gente diferente a la que está habitualmente, y por eso se disimula algo mejor el hecho de que los capítulos sigan siendo siempre idénticos y cuando no, es por extravagancias como “House en la Cia” o “el reality de house”. Los nuevos personajes son difíciles de destacar, pues cada capítulo desaparece uno, pero si pecan de nuevo de tener un único punto de interés y desarrollarlo a partir de ahí (el negro es mormón, y la chica es una trepa. Y lo son en todas y cada una de sus intervenciones) pero es cierto que ha supuesto un soplo de aire fresco a una serie con cimientos escasos, aunque sean tan sólidos como el carisma de Greg House.