jueves, octubre 31

LA VIDA ES TRANSFORMACION

Un tipo en calzoncillos con una máscara de gas. Esta es la más que extraña carta de presentación de una serie en 2008. Lo que nadie podía esperar es que de ahí surgiese la mejor serie de la presente década y digna candidata al pódium del presente siglo. Y eso es decir mucho. Breaking Bad se presentaba de esta guisa en una temporada irregular, que encima le tocaba lidiar con la huelga de guionistas, y que difícilmente te podía hacer pensar en los techos que iba a llegar a tocar Walter White y compañía.
La premisa de la serie es simple y puede tirar por cualquier lado. Walter White, recién cumplido los cincuenta años en una vida gris, ve como se desmorona su realidad el día en que le diagnostican cáncer incurable. A partir de ahí decide dar un giro de 180 grados y buscar dejar la vida solucionada a su familia, aunque sea entrando en el mundo de la droga junto a un exalumno suyo. Como decimos, no sabemos qué se puede esperar de ella. Puede ser una serie excéntrica como Weeds (muy similar en el argumento) o un drama familiar. Pero Breaking Bad va a ser más ambicioso que todo esto.
De todas maneras esta temporada sirve para poner los pilares de la serie y poco más. Dos tipos mundanos, y algo patéticos, metidos en situaciones que por lo general los desbordan y que tienen que lidiar con ello como pueden. Es una temporada en lo que funciona mejor los aspectos cómicos (el cuñado fanfarrón, los amigos de Jesse, incluso el propio Jesse aporta más como contrapunto que como personaje) que los momentos dramáticos. Skyler y la familia siempre va a ser una pata coja en la serie, como veremos. Pero es cierto que sí que llama la atención por uno de los valores más escondidos de la serie, pero que va a estar ahí de manera regular. Breaking Bad es, seguramente, la serie mejor rodada que nunca he visto. Lejos de la impersonalidad fílmica de otras joyas, la serie de Vince Gilligan tiene un cuidado en buscar enfoques sugerentes (especialmente tiene unos cold open que son hipnotizadores) y una fotografía como no se ha visto en televisión, que hace que la serie sea siempre reconocible. Esa Alburquerque, ese desierto que va a ser tan importante… éste va a ser uno de los valores que va a agarrarnos a la serie hasta en los momentos más inestables.
La primera temporada nos deja momentazos (la decisión de matar a Crazy Eight, el afeitado de Whalt y la primera aparición de Heisenberg) pero siempre da la impresión que es una serie más de extremos de lo que será después. Que juega a pasar del drama más duro a la comedia más pura. Se ejemplifica por ejemplo en la elección de los malos del principio de la seire. Tuco Salamanca, su hermano, incluso Tortuga un poco más adelante, son personajes excéntricos, pasados de vueltas a los que cuesta tomarse en serio. Si los comparas con la profundidad que van a tener otros personajes más adelante te das cuenta de la evolución que va a tener la serie. Evolución es la palabra clave de Breaking Bad.
Para la segunda temporada los guionistas saben que tienen que dar un salto cualitativo. Porque el papel de Jesse es divertido y simpático, pero va a tener poco recorrido si no se trabaja mejor al personaje. Asi que se pone empeño en dar protagonismo al personaje y… es un acierto total. Siempre cuento la anécdota que yo quise dejar la serie en esta segunda temporada con la coartada de “no soporto al chico joven”, y de verdad que merezco gran penitencia. Bastó darle mayor profundidad y tramas independientes para que Aaron Paul explotase como pocos. Si no fuese porque Cranston está por encima del bien y del mal sería la legendaria actuación de la serie, porque Jesse va a pasar por todos los estados de ánimo posibles y de verdad que se luce todo y más. Extraordinario como pasa de ser el tipo más patético, al que le pasan las vicisitudes más rocambolescas (la historia con la casa de sus padres, o las fiestas en su casa) a los momentos más dramáticos de la serie (sus posteriores enfrentamientos con Walt son una gozada, y el final de la tercera temporada no sería un momentazo sin la carismática interpretación de Jesse)
La historia de Jesse con Jane es uno de los pilares de la segunda temporada. La pareja se toma un tiempo, y la verdad es que tienen una química muy buena, con Jane actúando como diablillo en el hombro de Jesse para que éste se desvincule de Walt y busque chantajearle después. La entrada en la drogadicción de ambos no es agradable, pero es consecuente con los personajes, la verdad.
Otro personaje que gana muchos mimbres es el de Hank. Si en la primera temporada era simplemente el familiar tocapelotas del protagonista va a ir ganando enteros y tramas a continuación. Ya tiene su papel principal en el final de los Salamanca (el interrogatorio a Hector Salamanca, otro momento a recordar) después va a ganar puntos con su trama paralela, cuando se va a convertir en miembro de la DEA en la frontera. Una vez más la construcción y evolución de personaje es maravillosa. Pasa de ser el machote de su oficina local, quien se puede permitir mirar a todos por encima del hombro a luchar en “primera división” y encontrarse allí como un mindundi superado por los (macabros) acontecimientos que les rodean.
Sin embargo es precisamente la trama de Walter la que más tambalea en esta temporada. Básicamente porque está a verlas venir. Tiene que lidiar con Skyler y es complicado. Había que hacer algo con la mujer para que no se ganase el adjetivo de tonta que no se está enterando de nada de lo que pasa a su alrededor, así que empieza a sospechar de la doble vida de su marido. Pero aún así queda un pelín artificial, de drama barato para lo que la serie apunta. Skyler sobredimensiona en exceso sus sospechas, encima con la situación médica de Walt, así que no fuciona tan bien como debiera.
Creo que el aspecto esencial es que en esta temporada Walt no tiene villano con quien lidiar. Con Salamanca fuera de concurso muy pronto Heisenberg monta su negocio propio y solo las reticencias de Jesse parecen ser un estorbo. De hecho se puede decir que el villano de la segunda temporada sería Jane, que es la que obstaculiza los planes que Walt tiene, al necesitar a Jesse para ello. De ahí, el momento más recordado de la misma, aquél en que Walt ve a Jane ahogarse en su propio vómito, víctima de una sobredosis, y aunque hace un alarde de ayudar (qué grande llega a ser Cranston, por favor) se lo repiensa y la deja morir allí mismo. Una manera maquiavélica de solucionar el conflicto que tenía, de devolver la oveja descarriada al redil y un paso importante en la evolución de Walt.
Aunque el final parece que necesitaba un potente argumento, la historia del padre de Jane que es responsable de un accidente de avión que, descubrimos poco a poco en unas inicios hipnotizadores, cae sobre la casa de Walt es demasiado rocambolesco, e incluso innecesario (se verá de la fantástica manera en que se quitan todo el tema en un único episodio de la tercera temporada) pero sí nos deja puntos vitales para la serie a partir de ahora. Primero, la irrupción de nuevos personajes que van a ser importantes. En la recta final de la tercera temporada aparecen casi de manera consecutiva Saul Goodman, Mike y Gustavo Fring. La serie se vuelve ambiciosa y está dispuesta a expandir su universo para temporadas posteriores. Y aunque no se recuerda mucho ahora mismo pasa un hecho capital: Walt vence al cáncer. Se le diagnostica una cura y tras una operación el mismo ha remitido en su práctica totalidad. Ojo que tiene más implicación que la que parece, pues su enfermedad había sido el leitmotiv por el que Walt estaba haciendo lo que hacía. ¿Qué hacen los guionistas con este salto adelante? Porque sería perfectamente coherente que la serie acabase aquí, con Walt volviendo a su vida anterior como si nada. Pero nos adentramos en lo que están creando los guionistas, lo que va a hacer esta serie fantástica. El orgullo de Walter White se ha destapado. Él un hombre gris, timorato y reprimido ha visto como ha salido de la burbuja, como es el mejor en lo que hace y no quiere volver a ser aquél que mendiga favores. Ahora no. Su orgullo se ve fortalecido y puede permitirse mirar cara a cara a sus “amigos” y renunciar a su caridad a la hora de pagarle el tratamiento, a forzar un enfrentamiento con Hank por el cariño de su hijo y a llevar a Jesse por el camino que a él le conviene. Puede dejar de crear meta azul, claro, el horizonte no es tan negro, pero no quiere hacerlo.
Desde la llegada de Gus Fring, sin paños calientes, la serie es perfecta. Gustavo Fring es uno de los antagonistas mejor escritos nunca de la televisión contemporánea. Tan exagerada descripción habla a las claras de la percepción que tengo sobre el villano de la serie. Que habrá otros antes y otros después pero Gus será para siempre el villano de la serie. Y es perfecto solo desde su primera entrada, siendo el encargado de los pollos amigos, y negándose a hablar con Walt. Gus es un benefactor de la ciudad, querido por todos y con una cara amable para cada uno de sus clientes… que esconde en la sombra al mayor narcotraficante de Alburquerque. Este personaje no sería lo mismo sin la interpretación de Giancarlo Expósito, que en su hieratismo sabe traslucir todo lo inflexible que puede llegar a ser, y su pragmática catadura moral a pesar de su apariencia débil en principio. Gus le pone en bandeja de plata una organización a Walt y Jesse, la tapadera perfecta, los mecanismos perfectos, el ayudante perfecto para que terminen trabajando para él en sus laboratorios, siendo éste el que se encargue de una distribución a mayor escala que hasta ahora. Una oferta que el dúo Whitman Pinkman no podrá rechazar.
Esta tercera temporada es difícil encontrarle fallos. Si la figura de Skyler era la más esquemática de la anterior temporada ahora se da el salto adelante definitivo cuando la señora descubre los verdaderos planes de Walter, y se apunta al carro. Mrs. White consigue así más complejidad en sus acciones y por fin aporta cosas. Su ambición y pragmatismo serán importantes a partir de aquí, dejando a Walter Jr. El papel del ciego ingenuo dentro de la familia. Hank sigue creciendo cada vez más como personaje y será el encargado de subir la adrenalina en momentos importantes, que serán muchos. De hecho en esta temporada se alcanza la perfección absoluta en los finales de capítulos adrenalíticos. En meter en apuros a Walt y compañía y salir airosos cada vez (¿alguien ha dicho Pollos?) Y además hemos ganado enteros. Saúl es puro estereotipo, pero está bien introducido y funciona como alivio cómico y extravagante. Hay que pararse también en Mike, que en principio parece iba a ser solo el matón de Saúl/Gus, pero apuesto que al ver lo increíble que es el actor decidieron darle más cancha a todo su personaje y tener mucho más presencia. Otro de los añadidos de la temporada es Gale, personaje que será capital al final de campaña, y que aparece como el nuevo ayudante de Walt, experimentado y devoto por Walt al que reconoce como un genio,y que va a dañar la relación Walt-Jesse.
Porque la relación entre Walt y Jesse es uno de los pilares de la serie. La química entre ambos es soberbia. Walt tiene en su exalumno un instrumento para acercarse a la calle y a la distribución, pero sí consigue un cariño sincero hacia él y una relación paterno filial (marcada de manera más directa con el distanciamiento de Jesse con sus padres) Pero vuelve a salir la palabra evolución en este escrito y es una constante. Fácil hubiese sido mantener esa buena química entre ellos inalterable, porque además funcionaba a la perfección. Pero en este aspecto van a volver a ser ambiciosos y coherentes con sus respectivos personajes. Pinkman va a crecer como personaje y conlleva una emancipación. White va a ser cada vez más controlador y maquiavélico y conlleva una (alucinante) manipulación hacia su pupilo. Poco a poco la relación entre ambos va a ir pudriéndose hasta llegar a un punto de no retorno. Esta tercera temporada es maravillosa en ese sentido. Es el momento en que Jesse despierta y recrimina a su partenaire las desgracias que le ha supuesto conocerle (pocos actores importantes han salido más veces con la cara reventada a golpes) y aún así se tiene que mantener fiel a él por el negocio que comparten. Cada escena que comparten ambos es una delicia absoluta.
Y por encima de todo esto, la serie se ha transformado en el mejor trhiller del mercado. Está rodado con una fuerza inusitada, abismal. Cada aparición de los hermanos Salamanca es absolutamente brutal, las investigaciones de Hank en Alburquerque y las maquinaciones de Mike y Walt para no ser descubiertos pertenecen al cine negro. Todo desboca en One Minute, con el ataque de los hermanos a Hank. Uno de los momentos de acción más físicos, impactantes y mejor rodados que se han podido ver en los últimos tiempos. No contentos con esto nos regalan un final de temporada apoteósico, brutal como pocos ha habido. Si el personaje de Gale desentonaba dentro del tono de la serie, al ser un personaje tan blanco e inmaculado, es porque había un plan detrás. Gale va a ser el comodín de una partida de ajedrez entre las dos mentes más calculadoras de Alburquerque. Dos mentes tan fascinantes que estaban destinadas a chocar. Gus y Walt no pueden trabajar mucho tiempo más juntos, pues el enfrentamiento se antoja inevitable, y Jesse será el punto de partida. Teniendo el dueño de los Pollos Amigos las cartas sobre la mesa, es Walt el que tiene que lanzar el órdago más brutal de la serie. Para hacerse indispensable a los ojos de mr. Fring hay que sacar a Gale de la ecuación. Que sea Jesse el encargado, el que se ha convertido en la brújula moral del relato, le da un perfil de tragedia shakespeariana. No me cansaré de elogiar a Aaron Paul, en ese último plano de la tercera temporada. Maravilla.
La cuarta temporada sigue el binomio de Gus Fring. La situación entre Walt y Gus es insostenible. Se odian pero se necesitan y Gus, más sibilino que nunca, va a tratar de ganarse a Jesse para su causa. La temporada sigue al excelente nivel de la pasada, si bien se da algún paso en falso. La necesidad de darle interés a Skyler vuelve a surgir y su trama es lo peor de la temporada, liándola con su jefe y metida en el blanqueo de dinero, que bueno, la perjudican como personaje. No es que sea fácil lidiar con su marido desatado a estas alturas (¡Yo soy el peligro! Le grita en un brillante monólogo) pero entre que le engaña y luego le sale todo mal queda como bastante inútil. Además se abandona un poco la tónica de temporadas anteriores de dejar cliffhangers de infarto para resolverlos en capítulos siguientes. La jugada maestra como se cerró la tercera temporada fue de tal impacto que van a repetirlo en la cuarta, aunque sea a costa de rebajar un poco el ritmo adrenalítico de la serie.
Ojo, que esto no significa que la temporada baje enteros ni muchos menos. Los creadores andan enamorados del personaje de Gus Fring, y con razón. Así que le van a dar cancha máxima al mismo, hasta el punto de eclipsar en ocasiones a Mr. White. Vamos a conocer los orígenes del traficante chileno y la red a la que está asociado y cómo ha llegado al puesto que tiene. Los intereses de Fring van a estar a la altura de los de Walter o Hank en este temporada, y nos dejan momentos realmente brillantes, como los flashbacks con Salamanca o el potentísimo capítulo “Salud”, que abre las vías para un final de impacto.
Si el final orquestado de la tercera temporada nos dejó el sabor por todo lo alto, el órdago se va a multiplicar para los últimos capítulos del cuarto año. Es difícil encontrar cimas más grandes en la televisión. De manera soberbia todos los engranajes puestos esta campaña (la rivalidad Gus Walt, la nueva vida de Jesse, incluso el tropiezo, irónico adjetivo, de la trama Beneke) terminan en su sitio para llegar a una situación de no retorno, irresoluble para Walt. Las carcajadas de Walter White bajo su casa, de fugaz locura al perder la última salida, es una de las imágenes de la serie (¿he dicho ya alguna vez lo fabuloso que puede llegar a estar Cranston?) ¿Cómo ganar una partida de ajedrez sin torres, reinas, alfiles, ni peones contra un jugador experto delante de ti? Saltándote todas las reglas. Adrenalítico es adjetivo que se queda pequeño en estos últimos capítulos, en los que Walt vuelve a contar con Jesse como aliado al ver amenazada su nueva familia, y orquestan un plan perfecto para deshacerse de Gustavo Fring, con la carismática participación de Héctor Salamanca. Cuando llegado el momento, después de haber ganado ya, nos enseñan en el último plano de cámara el verdadero plan de Walter, eres consciente que estás ante una verdadera obra maestra. Walter White había dado otro paso más camino del infierno, ya definitivo. Ya no se trata de matar en defensa propia, de dejar morir por omisión a una inocente o de decretar un asesinato como opción de salvar el pellejo. Ahora has puesto un inocente (¡un niño inocente!) al borde de la muerte para conseguir un aliado en tu plan de venganza. ¿Cómo seguir defendiendo a Walter White?
Porque ahora es cuando están todas las cartas sobre la mesa. Sin la imponente sombra de Gus Fring tapándolo todo nos damos cuenta de la verdad. Se han cargado al Doctor Muerte de la serie y ahora nos damos cuenta que hay un villano peor: Walter White. Sí, el verdadero malo de la serie es ya Walter. En la quinta temporada ya no hay antagonista que nos sirva de coartada para las acciones de Walt. Éste se mueve únicamente por la ambición: Tiene dinero suficiente, lidera una organización sin contratiempos ni luchas internas, está en paz con su familia, y el cáncer ha remitido… pero su ego le puede. Expandirse no era necesario para su negocio, era necesario para que Walt termine siendo el mejor. Su relación con Mike esta temporada es sintomática de ello. Mike (que gran personaje, por favor) vale, ningunea a Walt, y le desprecia hasta cierto punto, pero en el fondo sabe que es una bomba de relojería, porque nunca dice basta, y su ansia terminará exponiendo al negocio. Vamos, se puede decir que la opción de Mike es la acertada, pero Walt no tiene bastante y busca un enfrentamiento innecesario e impropio. Hasta en el momento de su muerte, una muerte con una belleza inusitada, el propio Walt reconoce que hubiese tendido otras opciones, pero su rabia le hizo reaccionar así.
Ya no hay coartada ni disimulo posible. Walt está desatado y se verá de manera impactante en la relación con Skyler. Hasta ahora la familia White servía al protagonista y ante nosotros mismos como eficiente coartada. Aunque Walter se movía entre personajes de la peor calaña siempre volvíamos a verle con su hija recién nacida, y nos creíamos que lo estaba haciendo por su familia, por la que sí que sigue sintiendo amor verdadero. Pero en esta quinta temporada incluso aquí Walt ha dado un paso definitivo. La manera en que manipula a su hijo para que éste siempre esté de su parte y como arrincona por completo a Skyler (durísima conversación en la cama (dejándola sin opciones, con miedo a su marido e incluso con un hipnótico conato de suicidio. Al fin Skyler y su trama estaban entre lo mejor de la campaña.
El otro puntal de la serie para demostrarnos que Walter White está mucho más lejos de la ralla es Jesse Pinkman. Con el progresivo ennegrecimiento de las tramas parece que Heisenberg ya lo abarca todo y que hay tonos de la serie que sobran. Vamos, que llegué a escuchar que Jesse (como sus colegas) ya sobraban en una serie que no tiene nada de comedia. Sí, pero es que hace mucho que Jesse dejó su papel de secundario cómico. Jesse ha terminado convertido en el ancla moral de la serie. Sí, el drogata irresponsable de la primera campaña. Pero es así. Ha visto como Walt le ha adelantado por la derecha, poniéndole en situaciones comprometedoras en principio y obligándole a ir mucho más lejos de lo que debiera. Con el progresivo alejamiento de Jesse de Walt y acercamiento a Mike nos dejan claro lo que estamos viendo, que las acciones de Walt están ya muy lejos de ser benévolas. Cuando tras el contundente robo del tren, el nuevo fichaje mata a sangre fría a un chaval espectador, Jesse lo recrimina hasta el extremo, pero Walt lo exculpa. Realmente queda muy poco de aquel profesor de química que hacía listas sobre beneficios e inconveniencias morales de matar a una persona.
Y de repente… todo se para. Es algo extraño. Pero en el último capítulo de esta primera temporada, Walt se da por saciado y deja la empresa. Es chocante porque precisamente era por lo que habían tenido el enfrentamiento con Mike toda la campaña. La explicación está en el mismo formato de la temporada. Habían conseguido dos partes de ocho capítulos en lugar de los doce de rigor, por lo que en base se contaba con “temporaditas” de ocho capítulos. Lo que en principio se debía ver como mejor, por ir directamente a saco y no haber relleno (aunque en honor a la verdad, la serie puede ser lenta por momentos pero nunca ha habido relleno) termina siendo algo contraproducente, pues no dejan respirar lo necesario. En efecto, si Walt va a dejar todo lo que no ha querido dejar en cinco temporadas… necesitamos tiempo y espacio para que cale la opción de Walt (sí que hay elipsis que ha pasado tiempo, pero para el espectador no está suficientemente masticada esta decisión) Es obvio sí, para quien lo vea que la decisión viene marcada desde dentro por la más que posible (y más tarde confirmada) reaparición del cáncer de Walt y desde fuera por las ganas y necesidad de acabar la campaña con el cliffhanger más esperado. Sí, con Hank descubriendo la verdad sobre su cuñado.
Hank, Hank, Hank… recordar al policía fanfarrón y cachondo del principio, que solo servía de antítesis a la vida gris y diluída de Walter viene a colación, porque en el final de temporada tendrá una importancia capital. Aunque había ganado mucho, muchísimo peso como personaje por su paso por la DEA y sus ascensos, sí parecía condenado a ser el pobre que siempre buscaba palos de ciego sin opción a poder descubrir el pastel. Hasta el punto que tras One Minute parece que el acoso de la policía se mitiga mucho en la serie. Al final de campaña Hank va a tener toda la importancia que merece al descubrir el papel de su cuñado. El primer enfrentamiento entre ambos con las cartas levantadas es de una intensidad brutal, tremenda. La integridad de la familia Schrader contra la de los Whitman. Porque el papel de ambas mujeres también va a ser importante (Marie, no lo vamos a negar, siempre ha sido la pata coja de la serie). Skyler se pone de manera categórica de parte de su marido, algo que se podía adivinar como incoherente con lo que Walt le estaba haciendo pasar en la pasada campaña, pero es bastante coherente con lo que ha sido la mujer en la serie, siempre buscando el equilibrio que salve a su familia. De nuevo Walt hace gala de su sibilinismo máximo, en Confessions, dejando en un callejón sin salida a Hank de manera efectiva. Mr. White, de nuevo tirando de ingenio y de escasa moralidad, había vuelto a salirse con la suya y tenía el camino despejado. Pero quedaba Jesse.
La última temporada es una delicia para todos los fans de Breaking Bad, porque está lleno de pequeños guiños de continuidad y referencias a cabos sueltos de antiguas temporadas (volver al desierto, personajes olvidados como los amigos de Jesse o los socios de Walt…). Por ahí va a explotar Jesse Pinkman, que sabíamos que tenía que liarla. Ha sido un personaje demasiado importante como para ver el final desde la barrera y será la bomba que le explotará en la mano a Walter. Con Jesse dándose cuenta de la jugada que Walt hizo con Brock ya no hay redención posible entre ellos. Surge una alianza entre Hank y Jesse para hacer caer en una trampa definitiva a Walter White.
Había dudas de cómo cerrarían este pedazo de serie. Han sido cinco temporadas excelentes y había miedo que se marcasen lo que en el argot se llama “un Lost”. Hacer un final decepcionante que anule las virtudes que se han ido acumulando. Lejos de esto Gilligan y compañía van a conseguir acabar por todo lo alto. Conseguir que la última temporada no solo sea redonda y coherente con lo anterior, si no que se convierta en la más épica, potente y brutal de todas las temporadas. Cada capítulo es una bofetada en toda la cara, más intensa que el anterior, más adrenalítico y con soluciones más en el filo… Y luego llega Ozymandias.
Ozymandias es el capítulo que estábamos esperando para certificar, si no lo era ya, que Breaking Bad acaba en el Olimpo de las grandes series de la historia. Es posiblemente el mejor capítulo de la serie, y viendo el nivel que se gasta es decir mucho. Ya sería un capítulo memorable por el ajusticiamiento de Hank, que muere con una integridad bárbara (y ese Gomie, que ha estado en la serie desde el principio y merece unas líneas) y el aborrecible, rencoroso y odioso momento en que Walt, no solo entrega a Jesse para que le ejecuten si no que le escupe en la cara su quietud en la muerte de Jane (cerrando cabos de tres temporadas anterior, que pedazo de serie) ¿Cómo pasas en ese momento de sentir pena y lástima de un Walt desmoronado, vencido por no poder dar el paso definitivo que le quedaba (cargarse a un familiar querido) a odiarle con toda la intensidad del mundo al “matar” y destrozar por completo a su pupilo (recuerden, nuestro ancla moral de la serie) No vas a encontrar mejor personaje que Walter White. Y punto.
No contentos con eso aún quedaba lo mejor, la sentencia final de la serie. El Factor Flynn. Como ya había dicho más arriba la familia seguía existiendo como coartada de la serie. No para el personaje, que hace mucho que pasó esa línea. Pero sí para el espectador que seguía viendo en las mentiras de Walt en el seno familiar los pequeños salvavidas de su alma. En ese punto ejerce Walter Jr., ciego todavía de lo que pasa alrededor, que mantiene una idolatría por su padre sincera y sentida (recordad la entrevista que le hacen en la segunda temporada) Para el hijo su padre es por encima de todo una buena persona, lo que había sido siempre antes que el cáncer, Jesse, Tuco, Jane, Gus, Saul, Mike y la meta azul se cruzasen en su vida. Así que el momento en que descubre que su padre no solo tiene los pies de barro, si no que los tiene manchados de sangre es EL MOMENTO de la serie. Insistimos mucho que Breaking Bad está a años luz de otras series en cuanto a dirección. La escena de la cocina es uno de los ejemplos paradigmáticos. Tres personajes y unos cuchillos en primeros planos sirven para crear una escena perfecta, impactante física, pero sobretodo emocionalmente. Todas las muertes que ha habido en Breaking Bad (sí, incluso la de Hank) quedan en nada ante el plano en que Walter Jr. Se interpone entre padre y madre y llama a la policía, tomando partido. Éste sí es la tragedia homérica definitiva. Walt lo ha perdido todo. El último bastión que le quedaba ha terminado derribado y no queda nada a lo que agarrarse. Bueno, siempre quedará su orgullo.
No sé si he comentado suficientes veces lo grandísimo actor que me parece Brian Cranston. Si lo he hecho no ha sido tanto como se merece. Su personaje ha pasado por todos los estados de ánimo inimaginables, ha pronunciado una evolución (otra vez la palabreja) como no se recuerda a ningún personaje en pantalla (nótese la diferencia del primer Heisenberg “disfrazado” de tipo duro en el que se respira el miedo a la del gangsteril tipo de Say my name) En Ozymandias, el bueno de Brian da el do de pecho definitivo: desde un prólogo ejerciendo del Walt mentiroso primerizo, a sus reacciones diferenciales ante el destino de Hank y Jesse, al momento del desmoronamiento. La llamada final, con la que cierra el capítulo solo puede ser tildada de memorable. Necesaria para exculpar a Skyler de todo, es abrumador como entendemos la mentira que está contando, aunque sea contando verdades. Como insulta a su mujer mientras está llorando su pérdida. En serio. Me cuesta pensar mejores actuaciones en mi vida que la de Brian Cranston.
Ozymandias es el final de la serie. Lo que queda del resto es atar los cabos sueltos para cerrar satisfactoriamente. Una vendetta de Walt que se venía cociendo en los flashfowards contra los tipejos nazis que ejercen de villanos de opereta y que sirven prácticamente de transfondo para lo que de verdad importa. Walt una vez más vuelve a la carga por su motivación última: su orgullo. Si la definitiva sentencia de Walt Jr. De no querer volver a verle nunca más fue una helada puñalada para su maltrecho cuerpo, es el ninguneo que siente en pantalla por sus antiguos socios el que levanta el último rescoldo para terminar de dejarlo todo atado. Destaca de manera brillante su última conversación con Skyler donde por fin se sincera y cuenta lo que todos ya sabíamos: la motivación de Walt no ha sido otra que él mismo. Que sentirse vivo cuando ya estaba muerto en vida y eso le ha llevado por el camino que le ha llevado.
El final funciona correctamente, aunque tampoco será el capítulo más recordado de la serie. El asunto de la metralladora es un poco facilón (cuando menos me gusta Breaking Bad es cuando se pone en plan Mcgiveriano, como el Imán gigante, la metralladora por control remoto o el robo del tren, aunque son escenas perfectamente rodadas, cierto es) Le achaco eso sí, que para la última rúbrica Jesse merecía algún trazo más, que se ha quedado de esclavo de los nazis, viéndolas venir. Eso sí, su último enfrentamiento con Walt es justo y coherente con el personaje. Finalmente mr. White morirá allí, en su laboratorio, rodeado de su metanfetamina azul, su Baby Blue (como dice la canción) que le convertirá en leyenda. Final perfecto para una serie perfecta.

No hay comentarios: