Llega la cuarta temporada de la Casa de Papel con la serie consolidada como lo que es: un titán absoluto dentro de la ficción televisiva. Los números vuelven a demostrar que el plan del Profesor sigue siendo ganador, convirtiendo la serie española en lo más visto a nivel mundial de una plataforma como Netflix. No creo que haga falta subrayar mucho más el pepinazo en el que se ha convertido La casa de Papel y ante tal circunstancia era previsible que la serie iba a mantenerse por los mismos derroteros que las temporadas anteriores. La cuarta temporada de la casa de Papel da todo lo que podemos esperar de ella, con sus aciertos y sus errores.
Por supuesto la Casa de Papel no es perfecta. Pero es que no aspira a serlo. Tampoco lo era en las dos primeras temporadas en que enamoró a su audiencia. Los fallos que ahora se le achacan ya estaban allí. Los giros de guion con poco sentido, las situaciones forzadas al máximo, la molonidad por encima del realismo y los deus ex machina del profesor ya eran moneda común desde el principio d de la serie. Pero la audiencia asumía un pacto con la serie desde el principio: nos tragamos lo que sea con tal que nos tengas enganchados. La Casa de Papel nunca ha aspirado a ser una serie sesuda de la HBO. Ha preferido siempre ser más 24 que The Wire. Y se ha convertido en lo que se ha convertido: Un espectáculo de acción de primer nivel.
Sí, podemos echarle en cara el evidente estiramiento de la serie. Uno, acaba esta cuarta temporada y se da cuenta que en realidad todo ha sido dar una vuelta para no moverse, que a la postre el atraco está en el mismo sitio y que si hubiesen optado por acabar la serie en esta temporada podrían haber suprimido casi cualquier cosa que pasa y seguro que no le echaríamos de menos. Y todo es verdad, pero qué diablos. Mientras a mí me estiren la cosa con el nivel de adrenalina, enganche y entusiasmo que se hace aquí yo seguiré saboreando el chicle. ¿Qué más da si la trama de Gandía es un añadido a la trama central de la serie si la hemos disfrutado mucho más que la trama central? Estos son los añadidos que yo quiero.
Bueno, vamos a pormenorizar un poco la temporada, que por más que yo la apruebo y con nota ya verán que hay algunos sapos que me cuesta más tragar que otros. Igual que pasó con la segunda temporada, la manera de introducir conflictos internos en la serie se antoja demasiado artificial. Nos centramos en el personaje de Palermo. El argentino que se esforzó en ser un nuevo Berlín y conseguirlo solo a medias en la tercera temporada se topa como de repente es apartado del equipo. ¿Por qué?¿Que ha hecho mal? Le han pegado un tiro a Nairobi sí, pero creo que de difícil manera le van a acusar a Palermo de ello. Sin comerlo ni beberlo deciden que es primero un estorbo, y luego un peligro para el plan. Ponen a Tokio (¡Tokio!) al mando y al hacedor del plan fuera de juego y como consecuencia de ello, acaba como otro prisionero. Les ha podido las ganas de tener a Palermo como una bomba de relojería que acabará por explotar la mecha de lo que será Gandía, más allá de actuar con un mínimo de coherencia. Está visto que en cuanto no tienen al profesor detrás el atraco se convierte en un recreo de colegio.
Para más incongruencia luego el argentino vuelve al redil como si no hubiese sido él culpable de nada. Es un salto de tiburón excesivo que el resto de personajes (que ya han demostrado en varias ocasiones que son de gatillo fácil) no le pidan responsabilidades. Aunque se haga un esfuerzo por justificarle en relación por su fidelidad al plan y al personaje de Berlín. Un Berlín por cierto, que sigue pululando por la serie en forma de flashbacks, pero que hay que reconocer que se han trabajado más que en la tercera temporada y nos deja muy buenas escenas en el banco de España o la manera resolutiva en que encara a alguien que se reía de él. Berlín sube el listón cada vez que sale en pantalla.
Una de las claves de como acabó la tercera temporada es que por fin alguien le había ganado una partida al profesor. Para mí aquí estriba en que la serie funcione mejor esta cuarta temporada que en la tercera y en momentos anteriores: los antagonistas de la serie. Siempre hemos echado en cara que el Profesor es un personaje demasiado perfecto. Que tiene calculado cualquier variable hasta el último milímetro y que va no uno, si no cinco o seis movimientos por delante de las fuerzas del orden. Por eso agradecíamos la presencia de Sierra. El personaje de Nawja Nimri se alzaba como la gran contrincante del personaje de Álvaro Morte y prometía una partida mucho más encarnizada, ganándole la mano con el abatimiento de Nairobi y la jugada con Lisboa. Por fin el Profesor está contra las cuerdas y en estos primeros capítulos se le nota poco resolutivo, dudoso y escapando a duras penas (con la ayuda de un Marsella que hasta ahora no parecía contar nada pero que se ha ganado su sueldo esta temporada), mientras que Sierra parece tener la situación controlada y se dedica a jugar con Murillo en su poder. Podría ser mejor, si de nuevo el CNI no figurase como los tontos de la sesión y atasen las manos a Sierra en el momento en que tienen todas las manos de la baraja. Es una pena que no dejen explayarse a este personaje todo lo que merece porque me parece un personajazo: extravagante, una embarazada supersádica, que disfruta por igual de chucherías que de torturar a sus enemigos y donde la actriz da su mejor versión: el momento que confiesa la muerte de su pareja me parece extraordinario.
Y si hablamos de villanos por fin vemos al grupo enfrentarse a alguien que supone un verdadero problema. No, sé que estás pensando en Arturito, pero no es él. Lejos de lo que podía parecer algún buen giro para el personaje (cuando provoca a Denver para que le pegue una paliza delante del resto) la temporada de este personaje ha sido una pala de tierra definitiva. Porque ha pasado de ser un tipo patético, a ser un tipo despreciable. Sus intentos de ser héroe de pacotilla eran irritantes, estúpidos y bochornosos. Aún tenía el servicio de alivio cómico, aunque no funcionase. Pero ahora le han convertido en un villano, convirtiéndolo en un depravado que en pleno secuestro se dedica a drogar y abusar de otras rehenes. Un giro demasiado estúpido, demasiado forzado para que el personaje nos caiga aún más mal, a costa de forzar las cosas en demasía.
Pero a lo que iba era al personaje de Gandia. El Guardia de seguridad que ya asomó la cabecita en la tercera temporada y que ya mostraba buen empaque entonces va a ser la gran sorpresa de esta temporada. Como digo al fin los atracadores tienen un némesis que les pone las cosas difíciles y de qué manera. Gandía la verdad es que en seguida deja huella. Por sus maneras de soldado profesional, por su acento andaluz, por su hijoputismo… Se da la circunstancia a explorar que él, el villano, está en clara inferioridad numérica contra los buenos, y consigue dejarlos en evidencia en no pocas ocasiones. ¡Es el jodido John McClane desde el punto de vista de Hans Gruber! En serio, es maravilloso. Los capítulos de Gandía, el nudo de la serie, se desatan como lo que decíamos. Un espectáculo de acción como pocos hay en la televisión. Y puedo hablar de televisión mundial, que no hay serie que haya vivido de manera más adrenalítica y con más ganas de pasar al siguiente capítulo que el asalto de Gandía en el ascensor, el aprisionamiento de Tokio o el capítulo que tiene de rehén a Nairobi. Que le puedes poner pegas, que sí, que parece Call of Duty con ocho personas disparándole y sin acertar, pero eso me vale para cualquier película de Bruce Willis o Vin Diesel. Estamos hablando de molar.
Por supuesto el golpe de gracia que convierte a Gandía en el mejor personaje de la temporada lo da al corazoncito de los espectadores. La muerte de Nairobi. Los guionistas han sido valientes e inteligentes a la vez. Valientes porque se han atrevido a cargarse a Nairobi, que me atrevo a decir que era ya el personaje favorito de casi todos en la banda, después que Berlín desapareciera. La tercera temporada se esforzó en convertir a Alba Flores en el rol más carismático y más querido de la serie, adelantando a otros. Así que sacrificarla en esta cuarta temporada tiene un impacto emocional intensísimo. Y digo que han sido además muy inteligentes, porque han jugado perfectamente con las expectativas. Tras el cliffhanger de la tercera temporada y la duda sobre si viviría o moriría, una operación a corazón abierto de tokio (¡!) salvaba la vida al personaje, para respiro de muchos. Así que lo que menos podía llegar a imaginar es que la salvasen en el primer capítulo para que cayese cinco después. Parecía que sería el personaje que más a salvo iba a estar, hasta que el andaluz le mete un tiro entre ceja y ceja.
Y aquí, con la temporada en todo lo alto, con los fans consternados, entusiastas, enganchados a más no poder….la serie da un paso en falso. Para preparar la final season vuelve a caer en vicios anteriores. Al menos los que no me gustan a mí. El más evidente: el profesor vuelve a ser todopoderoso. De nuevo le vuelven a dar el control de la situación por encima de sus posibilidades y vuelve a sacarse de la manga un plan que lo tiene todo atado hasta niveles inconcebibles. Y lo siento, pero a mí se me cae aquí la serie. Acepto que el profesor aproveche la pata coja que tiene el CNI respecto a las torturas y el trato antidemocrático con el que ha actuado la policía en general y Sierra en particular. Me hubiese gustado que se hubiese explorado la pérdida del favor de la masa social de los atracadores, que se había apuntado en algún momento en la serie, pero que va a quedar como un camino sin recorrer. Pero claro, para esto ya tenemos al Profesor que tiene acceso a todo. Que puede encontrar una base secretísima en pleno desierto, acceder a emails secretísimos de las más altas instancias gubernamentales, y hacerlo público en las pantallas de Callao a toda la población. Volvemos a tener a un personaje que está demasiado por encima del resto. No en vano es capaz de idear la fuga de la criminal más importante del país con la ayuda de cinco mineros. Si como mantenemos la medida del villano es lo que da nivel a tu grupo, no hace falta hacer a la policía tan inútil para que todo te salga bien. Al final tú no tienes que ser tan bueno cuando parece que cualquiera puede ejecutar tu plan.
Esto ya me echa para atrás, pero más me duele como deshonran al personajazo de Gandía. Para que su truquito de encantador de serpientes tenga efecto, necesita la colaboración del guardia de seguridad… al que convencen/amenazan con insulsa facilidad. Y no. Ya nos habían dibujado a este personaje arrogante, echado para adelante, que preferiría que le pegasen un tiro a acceder a esto. Así lo hizo en la tercera temporada. Diablos si hasta Berlín, había advertido en flashbacks anteriores que o se cargaban a ese tipo o el plan fallaba porque éste no es de los que se amedrentan. Y ahora, con la que ha liado el pollito, solo con hablarle de su hijo y su familia accede a jugar al juego del profesor. Insisto demasiado fácil, todo demasiado bien colocado, para que el Plan tenga éxito. A mí me gusta más la Casa de Papel cuando se acerca más a La Jungla de Cristal que a Ocean’s Eleven. Afortunadamente se guardan el as de Alicia Sierra para el final, que en su nuevo rol de fugitiva de la justicia, sigue siendo la piedra en el zapato del profesor dejando un cliffhanger a la altura de la serie.
Esos pequeños (o grandes) borrones terminan por manchar una temporada que cuando ha sido lo que le pedimos ha sido impoluta, trepidante y todo lo vibrante que podríamos pedir. En esto, la Casa de Papel siguen siendo los mejores. Admitimos que se puede acusar de obvio estiramiento de la serie, pero insisto, cuando está bien ejecutado son ganas de ponerle peros a una serie que sabe perfectamente lo que quiere ser: un blockbuster seriéfilo de primer nivel. Y pese a quien le pese siguen en la cima.
lunes, abril 13
domingo, abril 5
DOOMSDAY CLOCK. MANCILLANDO A MOORE
Y llegó el día que DC, cuan amante despechado, empezó a olvidarse de todas la promesas que le había hecho a Alan Moore. Supongo que harto que el guionista de Northampton no se cansase nunca de ningunearlos y de ponerlos a la altura del betún siempre que había oportunidad la compañía entendió que ya no le debían ningún tipo de fidelidad y respeto que según ellos se había tenido hacia Watchmen. Primero fue de manera velada, como quien no quiere hacer daño. Aquel Before Watchmen se traía al dream team de la compañía por entonces pero buscaba solo tocar tangencialmente los personajes y dejar inmaculado el material original. Ahora, definitivamente terminan por culminar su infidelidad y sacan el bombazo: Doomsday Clock, que no sólo mancilla el Watchmen de Moore y Gibbons, planteando una secuela a aquel, si no que lo hace uniéndolos al Universo DC, exactamente como Moore pregonaba que se haría hace más de tres décadas si él no tenía el control absoluto. No, a Alan Moore no le va a gustar esto.
Para Doomsday Clock se va a contar con la figura de Geoff Johns, que es el arquitecto principal que ha tenido DC este siglo. Y no voy a negar las aptitudes como guionista del bueno de Geoff, que a buen seguro que son prodigiosas, pero no me gustaría a mí estar en su pellejo. Porque de por sí la premisa de toda la serie es terriblemente equivocada. El concepto de Watchmen es claro: en la ucronia de Moore no hay superhéroes. Tan solo Manhanttan, que es un semidios, y que marca una diferencia total en ese mundo. El resto son enmascarados, justicieros sin más habilidades que éstas. Así que la búsqueda del paradero de Manhattan por parte de Ozymandias le va a traer a otro universo. Con lo que de la manera más burda (un botón en Archie cambiadimensiones. ¿en serio?) te has cargado todo el realismo de la serie original. Son conceptos que están claramente fuera de sitio para estos personajes, y como digo, incluso mancillan la obra original. Si Ozymandias tenía acceso a esta tecnología o cosas parecidas, bien podía haber elegido otras maneras de cambiar su mundo que un genocidio.
Bueno, que se ha optado por un tira pa adelante en cuanto a mezclar ambos mundos y que la gente no se plantee demasiado las cosas. Que no tienen bastante con esto, si no que en el siguiente capítulo aparece el comediante revivido en, seguramente, la aportación más gratuita de la historia. Y sí, luego es divertido jugar a los espejos, con Ozymandias-Lex Luthor o Batman-Rorscharch como los más detacados, y que funcionan bien, a que negarlo. Un Rorshcharch nuevo para la ocasión, por cierto, que podíamos plantear la historia dejándonos a varios protagonistas en casa, pero no a su figura más ejemplar. Que esté muerto tampoco debería ser razón suficiente para no contar con él.
Enseguida Johns nos va a contar de donde viene este tal Rorscharch en un capítulo dedicado enteramente a él, que aunque está muy bien escrito no tiene demasiado sentido que este personaje idolatre al que dejó lisiado anímicamente a su padre (como la misma miniserie rectificará capítulos después) Mejor funcionan los nuevos personajes que acompañan a Veidt de manera algo gratuita. Mimo y Marionette son divertidos, son salvajes y tienen mucho carisma. Era inevitable que se topasen con el Joker, y el capítulo centrado en ellos está muy bien narrado. Porque Johns va a hacer el esfuerzo de intentar imitar a Moore. Mucha narrativa paralela, acabar con frases pedantes cada capítulo y dedicar capítulos enteros a determinados personajes.
Tres cuartos de lo mismo hace Gary Frank en el dibujo respecto a Dave Gibbons. Se autoimpone el panel de viñetas tres x tres y hay que reconocerle que sus aires de dibujante clásico no se ven encorsetados por ello y les saca bastante partido. Con Frank yo siempre he tenido más el problema de dinamismo y de ubicación espacial de sus personajes (algo en lo que ha ganado con los años, justo es decirlo) pero está claro que su punto fuerte es la expresividad que consigue. Pero confía tanto en esto, que en ocasiones se le va la mano y termina dibujando a personajes que parecen estar sobreactuando en muchas ocasiones. Siempre parezco un poco crítico con Gary, pero es que para mí le falta un puntito para ser la estrella que se le supone. Aunque admito que el acabado de Doomsday Clock puede ser el mejor de su carrera.
Con Johns “ejerciendo” de Moore busca encauzar el marco del conflicto. Igual que en el 86 la guerra fría era parte inherente de la historia construida, aquí se busca algo similar. Una guerra fría superheroica. En este caso el conflicto de la teoría de los superhombres, que viene a tirar a la cara que la mayoría de superhumanos son americanos porque son creación del gobierno. Y bueno, plantear este debate en un Universo con décadas de historia es un poco tonto, al menos tomárselo en serio. Y hacerlo para llevarlo a un enfrentamiento entre los dos bloques, con la aparición de superhéroes rusos y del mismo Vladimir Putin… en fin. Ya digo, puede salir alguna historia decente, pero que a mitad de serie centremos el foco en Rusia, en el personaje de Firestorm o en Black Adam parece una pérdida de tiempo. Más cuando, como suele pasar en las grandes macrosagas toda la parte de Batman va a quedar minimizada cuando salgan los pesos pesados, y no hemos tenido casi noticias de Superman ni del ansiado y buscado Doctor Manhattan.
Y si, me vas a contar que todo es un plan orquestado por Adrian Veidt. Pero el tema es que no funciona. Porque para que la teoría de los superhombres termine explotando se ha debido de plantar esa semilla mucho antes y que germinase poco a poco. Es inaudito que en el tiempo que lleva Ozymandias en el universo DC haya causado el suficiente revuelo para cambiar la opinión pública sobre los superhéroes radicalmente. Y sobre todo Ozymandias hace plantes definitivos. No se queda en medias tintas. SI quieres usar a Veidt como el maquinador, deber ser el maquinador perfecto, el tipo que mueve todos los hilos. Mientras aquí los hilos que se supone mueve no sirven para nada significativo. Porque la historia que se quiere contar no es la suya, es la del Doctor Manhattan. Se supone que todo lo que ha buscado Adrian poniendo el mundo DC patas arriba es que Manhattan salga de su madriguera. Y lo consigue, vale. Pero es poco premio para tan buen mago.
Al fin, ocho números después, y con los retrasos de la serie casi dos años tenemos al verdadero protagonista de la misma. A Jon Osterman que cuando dijo en el número doce de Watchmen que se iría a un lugar más tranquilo se refería al universo DC, fíjate. Y nuevamente hay que reconocerle el buen hacer a Johns, pues escribe un doctor Manhattan bastante bien, donde su simultaneidad temporal luce de manera sobresaliente. Tiene el típico número centrado en el personaje donde las paradojas temporales van arriba y abajo que está bien escrito, pero se centra en su relación con un personaje secundaria que es un poco raro. Y por aquí vendrá el gran pero que le veo yo a este Manhattan. En la obra de Moore Jon Osterman iba perdiendo paulatinamente su humanidad, convirtiéndose en más frío y aséptico a cada paso, hasta llegar al punto que entiende el plan de Ozymandias y la necesidad de ocultarlo, y que directamente abandona a la humanidad en busca de “galaxias más tranquilas” (como debe ser la de DC, por lo visto) Pero aquí recupera un afecto por ciertas personas que no comulga con el desarrollo del personaje, si no más bien con épocas pasadas del mismo. Es poco reconocible su historia de amistar con el actor en blanco y negro, y sobre todo la relación que va a entablar con Superman.
El desenlace final, no podía ser de otra manera, es entre el hijo de Kripton y el hijo del átomo. Se agradece por una parte que en este universo no hayan minimizado a Manhattan como un superhéroe más. El sigue siendo un Dios entre hormigas y el barrido de suelo marciano que hace con la JLA es digno de ver. El tema es que durante toda la serie han dejado entrever que nos avecinaba un enfrentamiento entre los dos seres más poderosos y que sería definitivo para hacernos un regate al final. Porque lo que plantea Johns en definitiva es que la llegada de Superman a la tierra, es el símbolo de esperanza que sirve como motor de este Universo. Cada Universo Dc necesita un Superman. Y no un Superman cualquiera. Uno que represente lo que representa este Superman. Una propuesta algo naif, muy de superhéroe blanco, pero que cala perfectamente en el personaje. En lo que no cala es en este Manhattan, en que la humanidad, la bondad del universo personificada en Clark Kent , pues se le debería traer al pairo, siendo consecuente con Moore. No solo eso, le emociona, le conmueve lo suficiente primero para sacrificarse si hace falta, y después para cambiar las reglas.
Y ahí llegamos a donde quería llegar Johns desde el principio. Ya definíamos al guionista como el arquitecto de DC. Y si algo tiene DC son unos cimientos inestables con tanta Crisis, relanzamientos, renacimientos y lo que sea. Pues resulta que el propósito final de Doomsday Clock era una vez más volver a reordenar el origen (los orígenes) dcnianos. Así que traerse a los personajes de Moore, mancillar el final de la obra magna del cómic, sirve para justificar otro puñetero Rebirth, Crisis, New52 o la madre que los parió a todos. Que para un fan de DC será la bomba vincular cada uno de los orígenes a partir del nacimiento de Superman como nexo común y que todos y cada uno de los relanzamientos tengan sentido. Y seguro que nadie te lo va a hacer mejor que Johns, pero lo que hemos llegado aquí siguiendo a Ozy y compañía nos sentimos como invitados de piedra en una fiesta que no es la nuestra, y que solo nos querían para jugar con nuestros juguetes más lustrosos. Así que el enfado es importante.
Asi que ya puedo decir que esto no era para mí. Duele hablar mal cuando tanto Gary Frank como Geoff Johns se han esforzado sobremanera. El primero con uno de las obras más trabajadas de su carrera y aportando un toque clásico que homenajea a Gibbons. El segundo partiendo de una muy mala premisa ha dado buena voz a los personajes de Moore, los ha hecho reconocibles e incluso ha aportado nuevos personajes interesantes. Pero es frustrante que un buen trabajo sea utilizado para que no debería existir desde el principio. Que sirve para sacar una secuela que no debería existir, con decisiones cuestionables, y cuyo propósito ni siquiera es homenajear o ampliar su concepto, si no una excusa para arreglar los desaguisados que tiene DC en su casa. No, a Moore no le va a gustar esto. A nosotros tampoco.
Para Doomsday Clock se va a contar con la figura de Geoff Johns, que es el arquitecto principal que ha tenido DC este siglo. Y no voy a negar las aptitudes como guionista del bueno de Geoff, que a buen seguro que son prodigiosas, pero no me gustaría a mí estar en su pellejo. Porque de por sí la premisa de toda la serie es terriblemente equivocada. El concepto de Watchmen es claro: en la ucronia de Moore no hay superhéroes. Tan solo Manhanttan, que es un semidios, y que marca una diferencia total en ese mundo. El resto son enmascarados, justicieros sin más habilidades que éstas. Así que la búsqueda del paradero de Manhattan por parte de Ozymandias le va a traer a otro universo. Con lo que de la manera más burda (un botón en Archie cambiadimensiones. ¿en serio?) te has cargado todo el realismo de la serie original. Son conceptos que están claramente fuera de sitio para estos personajes, y como digo, incluso mancillan la obra original. Si Ozymandias tenía acceso a esta tecnología o cosas parecidas, bien podía haber elegido otras maneras de cambiar su mundo que un genocidio.
Bueno, que se ha optado por un tira pa adelante en cuanto a mezclar ambos mundos y que la gente no se plantee demasiado las cosas. Que no tienen bastante con esto, si no que en el siguiente capítulo aparece el comediante revivido en, seguramente, la aportación más gratuita de la historia. Y sí, luego es divertido jugar a los espejos, con Ozymandias-Lex Luthor o Batman-Rorscharch como los más detacados, y que funcionan bien, a que negarlo. Un Rorshcharch nuevo para la ocasión, por cierto, que podíamos plantear la historia dejándonos a varios protagonistas en casa, pero no a su figura más ejemplar. Que esté muerto tampoco debería ser razón suficiente para no contar con él.
Enseguida Johns nos va a contar de donde viene este tal Rorscharch en un capítulo dedicado enteramente a él, que aunque está muy bien escrito no tiene demasiado sentido que este personaje idolatre al que dejó lisiado anímicamente a su padre (como la misma miniserie rectificará capítulos después) Mejor funcionan los nuevos personajes que acompañan a Veidt de manera algo gratuita. Mimo y Marionette son divertidos, son salvajes y tienen mucho carisma. Era inevitable que se topasen con el Joker, y el capítulo centrado en ellos está muy bien narrado. Porque Johns va a hacer el esfuerzo de intentar imitar a Moore. Mucha narrativa paralela, acabar con frases pedantes cada capítulo y dedicar capítulos enteros a determinados personajes.
Tres cuartos de lo mismo hace Gary Frank en el dibujo respecto a Dave Gibbons. Se autoimpone el panel de viñetas tres x tres y hay que reconocerle que sus aires de dibujante clásico no se ven encorsetados por ello y les saca bastante partido. Con Frank yo siempre he tenido más el problema de dinamismo y de ubicación espacial de sus personajes (algo en lo que ha ganado con los años, justo es decirlo) pero está claro que su punto fuerte es la expresividad que consigue. Pero confía tanto en esto, que en ocasiones se le va la mano y termina dibujando a personajes que parecen estar sobreactuando en muchas ocasiones. Siempre parezco un poco crítico con Gary, pero es que para mí le falta un puntito para ser la estrella que se le supone. Aunque admito que el acabado de Doomsday Clock puede ser el mejor de su carrera.
Con Johns “ejerciendo” de Moore busca encauzar el marco del conflicto. Igual que en el 86 la guerra fría era parte inherente de la historia construida, aquí se busca algo similar. Una guerra fría superheroica. En este caso el conflicto de la teoría de los superhombres, que viene a tirar a la cara que la mayoría de superhumanos son americanos porque son creación del gobierno. Y bueno, plantear este debate en un Universo con décadas de historia es un poco tonto, al menos tomárselo en serio. Y hacerlo para llevarlo a un enfrentamiento entre los dos bloques, con la aparición de superhéroes rusos y del mismo Vladimir Putin… en fin. Ya digo, puede salir alguna historia decente, pero que a mitad de serie centremos el foco en Rusia, en el personaje de Firestorm o en Black Adam parece una pérdida de tiempo. Más cuando, como suele pasar en las grandes macrosagas toda la parte de Batman va a quedar minimizada cuando salgan los pesos pesados, y no hemos tenido casi noticias de Superman ni del ansiado y buscado Doctor Manhattan.
Y si, me vas a contar que todo es un plan orquestado por Adrian Veidt. Pero el tema es que no funciona. Porque para que la teoría de los superhombres termine explotando se ha debido de plantar esa semilla mucho antes y que germinase poco a poco. Es inaudito que en el tiempo que lleva Ozymandias en el universo DC haya causado el suficiente revuelo para cambiar la opinión pública sobre los superhéroes radicalmente. Y sobre todo Ozymandias hace plantes definitivos. No se queda en medias tintas. SI quieres usar a Veidt como el maquinador, deber ser el maquinador perfecto, el tipo que mueve todos los hilos. Mientras aquí los hilos que se supone mueve no sirven para nada significativo. Porque la historia que se quiere contar no es la suya, es la del Doctor Manhattan. Se supone que todo lo que ha buscado Adrian poniendo el mundo DC patas arriba es que Manhattan salga de su madriguera. Y lo consigue, vale. Pero es poco premio para tan buen mago.
Al fin, ocho números después, y con los retrasos de la serie casi dos años tenemos al verdadero protagonista de la misma. A Jon Osterman que cuando dijo en el número doce de Watchmen que se iría a un lugar más tranquilo se refería al universo DC, fíjate. Y nuevamente hay que reconocerle el buen hacer a Johns, pues escribe un doctor Manhattan bastante bien, donde su simultaneidad temporal luce de manera sobresaliente. Tiene el típico número centrado en el personaje donde las paradojas temporales van arriba y abajo que está bien escrito, pero se centra en su relación con un personaje secundaria que es un poco raro. Y por aquí vendrá el gran pero que le veo yo a este Manhattan. En la obra de Moore Jon Osterman iba perdiendo paulatinamente su humanidad, convirtiéndose en más frío y aséptico a cada paso, hasta llegar al punto que entiende el plan de Ozymandias y la necesidad de ocultarlo, y que directamente abandona a la humanidad en busca de “galaxias más tranquilas” (como debe ser la de DC, por lo visto) Pero aquí recupera un afecto por ciertas personas que no comulga con el desarrollo del personaje, si no más bien con épocas pasadas del mismo. Es poco reconocible su historia de amistar con el actor en blanco y negro, y sobre todo la relación que va a entablar con Superman.
El desenlace final, no podía ser de otra manera, es entre el hijo de Kripton y el hijo del átomo. Se agradece por una parte que en este universo no hayan minimizado a Manhattan como un superhéroe más. El sigue siendo un Dios entre hormigas y el barrido de suelo marciano que hace con la JLA es digno de ver. El tema es que durante toda la serie han dejado entrever que nos avecinaba un enfrentamiento entre los dos seres más poderosos y que sería definitivo para hacernos un regate al final. Porque lo que plantea Johns en definitiva es que la llegada de Superman a la tierra, es el símbolo de esperanza que sirve como motor de este Universo. Cada Universo Dc necesita un Superman. Y no un Superman cualquiera. Uno que represente lo que representa este Superman. Una propuesta algo naif, muy de superhéroe blanco, pero que cala perfectamente en el personaje. En lo que no cala es en este Manhattan, en que la humanidad, la bondad del universo personificada en Clark Kent , pues se le debería traer al pairo, siendo consecuente con Moore. No solo eso, le emociona, le conmueve lo suficiente primero para sacrificarse si hace falta, y después para cambiar las reglas.
Y ahí llegamos a donde quería llegar Johns desde el principio. Ya definíamos al guionista como el arquitecto de DC. Y si algo tiene DC son unos cimientos inestables con tanta Crisis, relanzamientos, renacimientos y lo que sea. Pues resulta que el propósito final de Doomsday Clock era una vez más volver a reordenar el origen (los orígenes) dcnianos. Así que traerse a los personajes de Moore, mancillar el final de la obra magna del cómic, sirve para justificar otro puñetero Rebirth, Crisis, New52 o la madre que los parió a todos. Que para un fan de DC será la bomba vincular cada uno de los orígenes a partir del nacimiento de Superman como nexo común y que todos y cada uno de los relanzamientos tengan sentido. Y seguro que nadie te lo va a hacer mejor que Johns, pero lo que hemos llegado aquí siguiendo a Ozy y compañía nos sentimos como invitados de piedra en una fiesta que no es la nuestra, y que solo nos querían para jugar con nuestros juguetes más lustrosos. Así que el enfado es importante.
Asi que ya puedo decir que esto no era para mí. Duele hablar mal cuando tanto Gary Frank como Geoff Johns se han esforzado sobremanera. El primero con uno de las obras más trabajadas de su carrera y aportando un toque clásico que homenajea a Gibbons. El segundo partiendo de una muy mala premisa ha dado buena voz a los personajes de Moore, los ha hecho reconocibles e incluso ha aportado nuevos personajes interesantes. Pero es frustrante que un buen trabajo sea utilizado para que no debería existir desde el principio. Que sirve para sacar una secuela que no debería existir, con decisiones cuestionables, y cuyo propósito ni siquiera es homenajear o ampliar su concepto, si no una excusa para arreglar los desaguisados que tiene DC en su casa. No, a Moore no le va a gustar esto. A nosotros tampoco.
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