Los años pasan, para qué negarlo y uno se va volviendo más sedentario y le da cada vez más pereza apuntarse a según qué acontecimientos. Pero si existe una cita que ha de ser ineludible por siempre ésta es la visita de Bruce Springsteen a Barcelona. Ya son tres las veces que he visto al Boss en directo en los últimos nueves años y de verdad puedo decir que es el mejor espectáculo de música en vivo del que se puede disfrutar. Ver a Springsteen y la E Street Band on live es un debe que ningún fan de la música puede permitirse.
Porque la energía que desprende este tío en el escenario es incomparable. Basta una canción, solo una con Springsteen tocando y su banda detrás para que te olvides que realmente no ha sacado un disco mítico en los últimos 24 años (reconociéndole la calidad de The Rising) o que Magic, su último trabajo, pues ni chicha ni limoná. No es posible encontrar un músico que desprenda tanto carisma como el Boss. Su comunión con el público es total, pero sincera. Lejos de aprovechar su status de estrella para convertirse en lider mesiánico (¿alguien dijo Bono?) Springsteen ofrece lo que la gente quiere de él: Rock americano en su estado más puro. Quizás se le puede acusar de haber sido demasiado protagonista en esta ocasión y dejar a sus compañeros de banda en segundo plano. Además sus tablas en el escenario se dejan notar para llevar al público donde quiere. Es un artista de la escenografía. Las vueltas que le da a su guitarra, pasearse entre el público hasta el punto de tirarse encima suyo (!¡), ir a chocar las manos con dos niños de las primeras filas, cantar Brilliant Disguise a un centímetro de la boca de su mujer, recoger las peticiones de canciones entre los asistentes... evidentemente todos son movimientos de cara a la galería destinados a que el público caiga rendido a sus pies... y doy fe que lo consigue a fuerzas de no parecer movimientos forzados y sí naturales en él. Digamos que podría haber sido un magnífico actor.
Tampoco debemos obviar el papel, papelón que tiene en todo esto los chicos de la calle E. Solo con ellos Springsteen consigue su sonido realmente característico, y cuesta imaginar al Boss acompañados de otros músicos, viendo la complicidad que hay con ellos en el escenario. Con cuatro guitarras tocando a la vez y haciendo retumbar a todo un estadio frenético. Además es dificil encontrar músicos más carismáticos que Steve Van Zandt o Clarence Clemons, que se lleva tantas ovaciones como el mismo Boss, sin obviar ni muchos menos a otros secundarios como Nils Lofgren (el mejor guitarrista del conjunto, un crack) o el batería Max Weinberg.
EL repertorio del Boss parece ilimitado. Del concierto del sábado al domingo dicen que cambió la mitad del repertorio, y que ya llevaba tocadas 130 canciones diferentes, por lo que no me imagino el trabajo que han tenido para preparar esta gira, más allá de otros músico que se limitan a sus cuatro hits de siempre. De ahí el momento de las peticiones de los fans, que en otros conciertos sería inimaginable y que nos traen temas inencontrables (¿que diablos es Janine?) O escuchar memorables caras b como Candy's Room o la hermosa Jungleland. Incluso temas tan impactantes como Because the Night, que admito había perdido la esperanza de oirla en directo. Y en definitiva se fue del concierto sin tocar Born in The USA, Thunder Road o Spirits in the Night y todos quedamos igualmente satisfechos.
Por ponerle algún pero, que queda mal una crítica en que no diga nada malo, hombre. Que va a parecer que me lo pasé bien, quizás la dosificación no fue el punto más cuidado del concierto del Boss. No puedes empezar el concierto haciendo tocar el cielo a ochenta mil personas en la cuarta canción a los acordes de Hungry Heart y seguir de inmediato con The River. Eso ya es tocar techo. Es cierto que Springsteen demuestra tener repertorio para mantener el nivel arriba: la comunión del público en Waiting on a Sunny Day, la emoción que desprende Backstreets, pero nos encontramos con un bache cuando entrelaza un par de canciones nuevas con The Rising y Tunnel of love, nos traen al Springsteen de finales de los ochenta, con un rock de medio gas, que es donde se ha quedado también Magic. Afortunadamente no hay posibilidad de amuermamiento con Badlans, canción que solo se puede describir como potente. De ahí a los bises.
Los bises fueron de lo más eclécticos. Empezó con Jungleland, una de las canciones más hermosas de su repertorio (y con un solo fantástico de Clemons) pero que nunca escogería para empezar los bises, la verdad. Y de ahí una ascensión imparable: la legendaria Born To Run, que es la canción paradigmática de lo que significa la música del Boss, más el rock ochentero en estado puro de Glory Days, Bobby Jean y Dancing in the Dark. Todo un orgasmo Springsteeniano que parecía iba a rematar con Thunder Road... hasta que da un giro de 180 grados y se saca de la manga The American land, una canción folk, heredera de su último disco imagino que se hizo la mar de divertida. Para el final, un despiporre con el boss desatado en el Twist and Shout, mezclado con la bamba (!¡) y con gente del público subiendo al escenario, y con toda la sinergia con el público desplegada. Un colofón extraño para un espectáculo sin igual. Si te gusta el Rock, Bruce Springsteen y la E Street Band te lo ofrecen con toda su potencia.
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